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Soy porque somos: la filosofía africana en confecciones de mujeres migrantes que tejen red

Soy refugio es un proyecto creado por mujeres migrantes para mujeres migrantes. La iniciativa, que se convirtió en una marca que hoy elabora bolsos, mantas, lonas, agendas y hasta algunas prendas, es mucho más que eso: es un lugar de contención y uno de los tantos ejemplos de que el esfuerzo colectivo funciona.

Por Agustina Bordigoni

Quien se lleva una tote bag, manta, lona o agenda de Soy Refugio también se lleva una historia. El primer diseño de esta iniciativa convertida en una marca –y que hoy es el logo que las identifica– fue el de una mujer afrodescendiente con el Obelisco de fondo. Todo un símbolo de la presencia de una población negada por la historia oficial y una representación de quienes idearon la propuesta: cuatro mujeres migrantes haitianas (otra población olvidada) que en 2021 buscaban una forma de subsistir en Buenos Aires, Argentina. Y que tenían la intención, por otro lado, de demostrar que aquí estaban: haciendo historia para que otras pudieran construir la suya.

Ellas partieron del país antes de ver lo que esa idea original había generado unos pocos años después. El programa, uno de los tantos que tiene el Servicio Jesuita a Migrantes Argentina y Uruguay (SJM ARU), tomó vida propia. Cientos de mujeres se capacitaron y capacitaron a otras en costura, estampado y encuadernación. Pero sobre todo encontraron un refugio en sus compañeras.

El primer diseño de Soy Refugio en un tote bag. Foto: @soyrefugio

Elianis llegó en 2022 por motivos de salud. “Me estafaron por medio de un conocido. Estaba en otro país, en Perú. Hablé con él, le dije que quería salir de allí, no la estaba pasando muy bien. Él nos pidió un depósito para llegar a un sitio seguro, y cuando llegué acá, a Buenos Aires, no me contestó el teléfono, desapareció. Llegué al servicio jesuita y me brindaron el apoyo, fui refugiada de ellos, me ayudaron con el proceso migratorio, me ofrecieron alojamiento, me ayudaron por dos meses”, cuenta. En esos primeros meses la prioridad eran sus hijos y el tema de salud que los había traído. “Recién el año pasado, por tratamientos del niño, empecé los cursos. Y de los cursos me integré a Soy Refugio. Soy una de las más nuevas”, cuenta sobre su recorrido migrante, que comenzó en su país natal, Venezuela. “Empecé a hacer los cursos como para cambiar el día a día, como un escape a los problemas que tenemos a veces los migrantes. Después empecé a ver que tenía cosas adentro que no sabía: poder pintar, crear. Y a entender que eso es una forma de sanar ciertas cosas”.

Elianis. Foto: gentileza de @soyrefugio

Lesbia había trabajado toda su vida en tareas de cuidado. La primera vez en más de 50 años que tuvo empleo remunerado fue en 2019 en Argentina, cuando llegó de Venezuela. La pandemia complicó esa salida laboral (como cocinera en un local) y ella y su familia llegaron a la iglesia, que en ese momento entregaba bolsones de comida. “Seguí trabajando, pero murió mi mamá y yo no pude ir a despedirla. Entré en una depresión, me sentía sola. Ahí volví a la iglesia”, explica. Esta vez fue para incorporarse a los cursos que brindaba a través de Soy refugio. “Ya yo sabía un poco de costura. En mi casa, en Venezuela, cosía a mano, hacía mis cosas a mano. Y luego de ese curso quedé como para trabajar en un taller que ellos tienen aquí”. Además de una forma de aprender y generar ingresos encontró amigas de todas las nacionalidades: de República Dominicana, Haití, Colombia (además de venezolanas), entre otras. “Me siento como en casa. Y he aprendido muchas cosas que de verdad yo pensaba que no podía hacer. Siempre fui tímida para hablar y ahora me mandan a callar porque estoy metida en todo”, comenta entre risas.

Lesbia. Foto: gentileza @soyrefugio

Irlenys sintió la soledad en el momento en el que sus nietos crecieron: emigró en 2019 y desde entonces se dedicó a cuidarlos. “Soy venezolana, vengo de una zona del estado Sucre, muy caliente, tropical”, explica al comienzo de la charla –y su calidez se nota–. “Vine porque mi hija estaba acá y me estaba pidiendo hace rato, pero yo no quería venir porque era profesora, directora de un liceo, y no quería dejarlo, estaba muy enamorada de mi trabajo”. Sin embargo, la salud de su hijo se resintió, el acceso a los tratamientos era difícil, así que decidieron emigrar. En medio de los tratamientos Irlenys se enteró de que iba a ser abuela y ese fue motivo suficiente para quedarse. “Mi niño se metió en una escuela, en el jardín, y yo no encontraba qué hacer en ese horario”. A través de un grupo de venezolanos conoció los cursos de Soy refugio y se inscribió. Al principio tomaba dos trenes y cuatro colectivos para llegar.

“Vengo de familias de costureras y tejedoras, pero yo no sabía ni enhebrar una máquina, tenía temor a la tijera”, agrega. La soledad pudo más que todas esas cosas. “Nunca me hubiese conectado con tantas hermanas venezolanas de distintos estados de mi país como me pasó aquí”. Si algún día la situación mejora en su país y decide volver planea visitar cada uno de los estados de sus compatriotas.

Irlenys. Foto: @soyrefugio

“Nosotras siempre decimos que esto no es una fábrica, lo que tenemos en el centro es la humanidad, la perspectiva comunitaria y el respeto de cada una en las circunstancias en las que cada una esté”, resume Martina, encargada de la coordinación operativa de los talleres. El trabajo es en equipo y cada idea, cada producto y cada aporte se tiene en cuenta, así como los saberes de quienes proponen: abogadas, docentes, contadoras y profesionales que ofrecen una mirada valiosa para todas las etapas de la producción y la venta de los productos. “Esto implica tiempo, voluntad, muchas horas de reuniones” y aprovechar el conocimiento previo de cada una en ese proceso. “Son mujeres que aportan a una economía social en Argentina y que además lo hacen desde el agradecimiento”. Para las producciones reciben donaciones de empresas importantes: la idea es utilizar materiales reciclados y hacer circular esos materiales, bienes y experiencias personales.

Luisa está encargada del marketing del proyecto, pero llegó a él como migrante colombiana. Recibió acompañamiento psicológico del servicio jesuita y luego se incorporó a este trabajo colectivo. “Soy refugio se convierte en un refugio. Y en un refugio donde identificas y en el que estoy aprendiendo el ‘soy porque somos’” –un concepto proveniente de la filosofía Ubuntu del sur de África, transmitida de generación en generación y difundida por Nelson Mandela–, “en donde se plantea que hay una conexión que permite reconocerme a mí misma como parte de un entorno en donde me he construido y reconstruido”.

En tiempos hostiles y complejos, definen las integrantes de Soy Refugio, esa filosofía invita a recodar que es imposible pensar el “soy” sin comunidad.

Y esa comunidad que imaginaron las cuatro mujeres migrantes precursoras necesita del resto: de personas que a la hora de comprar o regalar elijan contar historias.

El 27 de junio Soy refugio relanzará su marca. El encuentro se realizará en Sarandí 65, CABA.