Por Agustina Bordigoni
Argentina también es negra, Argentina es afrodescendiente, en Argentina también existe el racismo. Y la esclavitud no fue “más amable” que en otros países –una calificación que, aunque es un contrasentido, es parte de un imaginario ampliamente difundido–.
En Tucumán –cuenta Jesica Salinas Lamadrid en “Afroargentinas”– la reproducción forzada de personas esclavizadas era una práctica común. La obra de teatro documental que protagoniza junto a Florencia Gomes (descendiente de migrantes caboverdeanos) recorre su historia, la de sus antepasados y la de su familia. Y logra rescatar a una Argentina silenciada, escrita y contada desde el lado de los esclavistas o de quienes negaron la existencia de la población negra. Una de las muestras más extremas de ello es que muchos fueron anotados en sus documentos como “blancos” o “mestizos”.



En el proceso, tanto Jesica como Florencia se apropiaron de sus vivencias. Las internalizaron, sanaron y trabajaron individualmente y en conjunto. “También fue un hecho de reparación entre comunidades. Un poco lo que queremos narrar es que no hay una sola forma de ser afroargentinas, sino que hay un montón de orígenes. Estos son dos. Yo soy descendiente de migrantes caboverdeanos y Jesica, de personas esclavizadas en el territorio”, explica Florencia. “Cada uno tiene sus problemáticas y muchas veces, a nivel histórico, no ha habido un diálogo entre esos orígenes”.
En las conversaciones previas al armado de la obra encontraron que, independientemente de los orígenes, existían grandes similitudes. “La obra, como es teatro documental, tiene una carga muy propia, muy íntima, entonces había que construir confianza entre nosotras. Fue un proceso lento, pausado y con mucha paciencia”.
Las integrantes comparten una tradición de activismo antirracista. “Esto cambió mi propia narrativa, porque yo venía de espacios más organizativos, pero nunca se me había planteado la posibilidad de usar el arte: primero, acceder al arte; segundo, usar el arte como un medio para activar el antirracismo y con un efecto tan potente y positivo”, cuenta Florencia.
“Hemos tenido personas negras que se han puesto a llorar con ruido, como nenes chiquitos, en medio de la función. Nos ha pasado de gente que viene después y te pide disculpas por toda su ancestralidad”, agrega Jesica. Y aclara que lo importante es entender que no existen culpas individuales en esto: “es un sistema, es racismo estructural, no es algo sobre una persona, sino que es todo el contexto. Si fuera una sola persona sería mucho más fácil, pero no funciona así. Esto es algo histórico, es un proceso que viene estableciéndose, que surgió hace muchos años, que vieron que funcionaba, que era exitoso para un grupo de personas, y ese mismo grupo de personas se sigue beneficiando de este sistema”.
La reacción de las personas tiene mucho que ver con su experiencia. “Tuvimos gente que se reía un montón, gente que se ponía nerviosa, gente que terminó la función y se levantó y se fue… Después nos enteramos de que la obra las movió mucho y no se pudieron quedar. También gente que se quedó y encontró una foto que le resultó familiar”. Durante los pasajes de la obra se van acumulando diferentes elementos al relato: fotos, indumentaria, todos símbolos un rescate que hicieron para ellas y para todos los argentinos.

En las escuelas, en donde también pudieron presentarse, las infancias responden con una mezcla de enojo y orgullo. “‘Eso no hacen los amigos… ¿Cómo te van a decir eso?’, comentan. Entienden que es una problemática, que eso no está bien, y eso nos parece maravilloso”, explica Jesica.
«Nos pasó con una niña que vino y nos dijo: ‘tienen la piel como yo’. Lo dijo súper contenta. Eso es hermoso, porque nosotras crecimos necesitando esta representatividad positiva”.
El racismo cotidiano
“Una de las preguntas que hace Flor en la obra es: ‘¿de dónde sos’?”, afirma la directora, Lina Lasso. Es una pregunta que escucharon y respondieron varias veces y que forma parte de la misma teoría que sostiene que en Argentina no hay personas negras. Pero también, a través de la respuesta del público, se logra dimensionar la universalidad del tema. “Hemos tenido público de diferentes lugares. Hoy tuvimos de México, pero de repente también de Estados Unidos, Alemania. En cualquier lugar que te imagines despierta interés, porque no es solo una problemática argentina”.
La obra también se presentó en Brasil y Uruguay con reacciones similares. “Una cosa que me gustaría rescatar es que nuestro público negro, afrodescendiente, afroargentino y descendiente de indígenas, también llenó el teatro. Eso es muy importante, porque generalmente no nos sentimos convocadas para ir al teatro”.
La idea de que en Argentina no hay negros no solamente fue internalizada por la población que no es negra. “La obra para mí fue una oportunidad para conocer a la comunidad afroargentina y abrir las puertas de muchas cosas: también a entender mi historia y a reconocerme a mí misma como afrodescendiente, porque para mí siempre fue: ‘mi viejo el negro, el extranjero’, no yo”, explica Naiara Roque Ferreira, encargada de la operación técnica. “Hacer esto de forma teatral o hablar de estos temas en cualquier otro ámbito te da herramientas para saber que no es inocente, que es sistemático. También para saber cómo plantarse en todos los espacios, porque hay racismo en todos los espacios”.





Argentina también es negra
“Dicen que en Argentina no hay negros. Incluso lo dijeron muchos representantes de todos los argentinos en discursos internacionales. Que es un problema de Brasil. Entonces, si no hay negros, tampoco hay racismo”, reflexiona Jesica. “No es un problema de una persona, un acto de una persona que decide ser racista, sino de un sistema que legitima y que avala esa forma de tratar a otro y esa tendencia a sentirte superior que te da esa potestad de frenar a alguien por la calle para preguntarle de dónde es. La gente no entiende que es un montón, pero es un montón”.
La calle está llena de actos racistas, sostiene. “Que te toquen una parte del cuerpo, por ejemplo. El pelo es tu cuerpo. La gente te dice: ‘No, no, pero te estoy diciendo algo lindo’ cuando te dice que no sos tan negra”, concluye.
“Hay que preguntarse muchas cosas. Entre ellas, ¿cómo ha sido nuestra educación? Que la gente te pregunte en la calle de dónde sos o te toque el pelo es la punta del iceberg”, afirma Florencia. “Nosotras estamos tratando algo que históricamente en las escuelas no se cuenta. Lo que no se cuenta en las escuelas es que Argentina, como el resto de los países de la región, tuvo un plan de blanqueamiento que en los distintos países se dio de diferentes maneras. Argentina tuvo su manera a través del Estado, de las instituciones. Por eso se dice que el racismo es estructural, es institucional y de ahí para adelante. Es un entramado muy complejo que tiene que ver con la historia que no nos cuentan. Nos cuentan que en la historia están los próceres, que son todos varones blancos, y que las personas negras solo fuimos esclavizadas, felices de vender empanaditas en la calle”.
“Se dice que en la Argentina el racismo no existe o se da de maneras diferentes, y que la esclavitud, si la hubo, fue más amable. Hay mucha historia no contada, negada, pero no porque se les escapó, sino porque es un plan sistemático. Contribuir al contarla genera también esa semillita de duda para que la gente pueda indagar”.