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No soy de aquí ni soy de allá: “New Comienzos” en Little L.A.

Una cada vez mayor cantidad de mexicanos deportados se instalan en lugares en los que, aun estando en México, se sienten en los Estados Unidos.

Agustina Bordigoni

“Ay, Miguel”, se dice a sí mismo el hombre de casi 40 años caminando por calles que le eran extrañas y cuyo aroma percibía tan natural. “Qué ganas de comer un Walking Taco”, continuó. Tenía la costumbre –de tanto andar–  de hablarse a sí mismo en español y responderse en inglés. Lo hacía con el afán de no perder las esperanzas. Las esperanzas de pertenecer a algún lugar: al que había dejado, pero del que no tenía registro. Del que había llegado, pero nunca fue parte. Al que regresó sin haber conocido jamás.

“Ay, Miguel”, se repetía mientras comía un Guac Dog, lo único que había conseguido en los puestos de comida de su nueva ciudad, a la que todos conocían como “Little L.A.” (o, en español, pequeña Los Ángeles).

“There you go again, Michael”, se castigaba a veces, cuando la nostalgia lo empujaba al otro lado de la frontera. Le pasaba cuando veía en esos nuevos rostros a algunos que le resultaban muy familiares. Se reconocía como estadounidense hasta que llegaba al Monumento a la Revolución. Era ahí cuando la historia parecía darle un cachetazo que venía, como todo buen golpe, de sopetón. Era la representación de la historia de México, el país en el que había nacido hacía 39 años (y unos varios meses) y del que se había ido cuando tenía apenas dos.

No había en los ojos de Miguel recuerdos propios de esos lugares. Armados a base de fotos y relatos orales los había llevado consigo como una mochila (a veces pesada, a veces con orgullo) a la escuela, al trabajo, a cualquier lugar en el que la portación de rostro, apellido, nombre o acento materno lo diferenciaran del resto.

El Monumento a la Revolución seguía ahí, aunque la revolución estuviera terminada. Como esperando una vuelta, una deportación para armar nuevas filas. Por eso, cada vez que lo rodeaba o pasaba por allí, lo miraba con recelo. Sentía que, de alguna manera, esa construcción estaba regodeándose de lo que consideraba un fracaso familiar. Como celebrando el retorno de los no retornados, porque así se percibía a él mismo.

Cuando la oficina de migraciones, desconociendo toda una vida, lo envió de regreso, fue su niño pequeño el que habló:

¿Volver a qué lugar, si siempre estuve aquí?

Hacia 2010 comenzó a formarse en la colonia Tabacalera de Ciudad de México un barrio en el que muchas personas deportadas (ahora con más frecuencia e intensidad bajo el segundo mandato de Trump en EE.UU.) decidieron instalarse con el objetivo de vivir en un lugar en el que pudieran hablar inglés, crear un paisaje y comenzar actividades similares a las que hacían en EE.UU.

Muchas de estas personas vivieron mucho más tiempo en este último país que en el territorio en el que nacieron, pero aun así fueron desterrados o se autodeportaron hacia México ante el endurecimiento de la política migratoria.

Fueron atraídos por la existencia de varios call centers, donde su capacidad para hablar inglés y español los hace buenos candidatos para encontrar trabajo como operadores telefónicos, cuenta una nota de la BBC.

Hoy es habitual encontrar a muchos de ellos reunirse en Little L.A. tras su jornada laboral, hablando spanglish y saltando cómodamente de un idioma a otro en bares donde se anuncian en inglés snacks & beers y que combinan en sus menús comida típica de ambos países”, continúa el artículo.

Ante la necesidad de pertenecer a un lugar que muchos consideran absolutamente novedoso y del que no se sienten propios, surgieron iniciativas como “New Comienzos”, una organización que ayuda a estos compatriotas sin patria a integrarse y buscar trabajo, y dirigida por uno de esas personas deportadas que entendió que lo que faltaba no era nacionalidad, sino asimilar que por más historia y revoluciones que nos cuenten, la nacionalidad no es identidad ni debería confundirse con ella.

“Thank you, Michael”, le dice alguien del otro lado de la línea cuando vuelve del almuerzo al lugar de trabajo, empapado de español.

Miguel no puede disimular su alegría.