Inicio / Actualidad / La inmovilidad humana: un silencio en la historia de la migración

La inmovilidad humana: un silencio en la historia de la migración

Un informe elaborado por la Fundación Ayuda en Acción, la Universidad del Pacífico y el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC) de Canadá propone estudiar la movilidad desde una faceta poco explorada: la mayoría de las personas, incluso en condiciones de adversidad, no emigra.

Por Agustina Bordigoni

“Un joven de Mali puede aspirar a emigrar, pero todavía no puede hacerlo; espera a que termine la cosecha o a que su hermana se case. Una madre ecuatoriana puede tener los medios para marcharse, pero no el permiso moral: es la única cuidadora de un progenitor cuya salud empeora. Una persona que regresa a Etiopía puede que ya no sueñe con migrar, no porque se sienta como en casa, sino porque el trauma ha reducido su sentido de lo que es posible”. Un estudio elaborado por la Fundación Ayuda en Acción, la Universidad del Pacífico y el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC) de Canadá parte de un dato evidente, pero que no tiene atención mediática y resulta un punto ciego en las políticas públicas: la mayoría de las personas –aun en condiciones adversas– no emigran.

“Incluso en contextos de profunda perturbación, ya sea por conflictos, crisis climáticas o inestabilidad económica, la mayoría de la gente se queda. Permanecen en las zonas rurales a pesar de la sequía. Aguantan en las periferias urbanas marcadas por la violencia”, explican los autores, Matthew D. Bird, Marta Castro y Luisa Feline Freier.

Los investigadores comienzan preguntándose por qué las personas se quedan a pesar de los claros riesgos y adversidades que implica quedarse. La respuesta no es sencilla: la inmovilidad es “un rico fenómeno social, profundamente entrelazado con las aspiraciones, las limitaciones, la identidad y el riesgo”. La tesis principal es que la permanencia merece el mismo nivel de atención analítica y de respuesta programática que el movimiento. “Basándose en un marco integrado de aspiraciones y capacidades, el informe muestra que la inmovilidad no sólo surge de barreras externas, sino también de decisiones internas arraigadas en el amor, el deber, el miedo y la estrategia”, destacan.

El problema es que al no enfocarse en los que permanecen en sus países de origen (por decisión, obligados –o ambas–) y sí en el 3,6% de la población que efectivamente se desplaza a través de fronteras internacionales, estas personas pasan desapercibidas, “no reciben apoyo, o son malinterpretados”.

“La inmovilidad sigue estando poco explorada, conceptual y programáticamente. A menudo se trata como la ausencia de movimiento más que como una condición en sí misma, un silencio en la historia de la migración. Las estrategias de desarrollo, los planes humanitarios y los marcos políticos se han centrado en permitir o gestionar el movimiento, sin preguntarse por qué la gente se queda, qué significa quedarse o qué tipo de apoyo necesitan quienes se quedan”.

El análisis propone, en cambio, entender la “inmovilidad humana” no como reverso o fracaso de la migración, sino “como un elemento central del continuum de la movilidad”. Y en este fenómeno más complejo se entrecruzan diferentes factores como los conflictos internos, la distribución de las tareas de cuidado, el género, la gobernanza migratoria y el medio ambiente. Así, sostienen, “las personas construyen significados y sortean riesgos, incluso cuando el desplazamiento parece improbable o imposible”.

Cinco casos analizados

La investigación (Inmovilidad en Contextos Frágiles: Entre la Dignidad, el Arraigo y la Migración) analiza los casos de Etiopía, Mali, Colombia, Ecuador y México.

Aunque es difícil hacer generalizaciones, en los cinco países analizados “las personas se enfrentan a presiones que se entrecruzan: pobreza, exclusión, volatilidad climática, obligaciones de cuidado, instituciones débiles, violencias o fracaso migratorio”. Estas condiciones, aclaran, no afectan a todas por igual, ni siempre dan lugar a desplazamientos. “En muchos casos, llevan a la gente a quedarse, a veces deliberadamente, a veces a contra su voluntad, a veces sin otra alternativa real. Quienes se quedan suelen ser las personas menos visibles en los marcos políticos. Estas personas no son pasivas, ni simplemente ‘se quedan atrás’. Sortean las limitaciones de forma activa, evalúan las ventajas y desventajas y toman decisiones difíciles en su contexto”.

La permanencia, advierten, nunca es neutral. “Refleja decisiones, negociaciones y limitaciones, a menudo condicionadas por los roles de género en el cuidado de otras personas, la exclusión legal, la dinámica del hogar, las presiones climáticas, la exposición a conflictos o los repetidos fracasos migratorios”. Algunas personas también se quedan por profundo apego a su lugar. Otras tantas porque carecen de recursos económicos, legales, sociales o psicológicos.

Por eso los autores invitan a repensar la manera en la que concebimos el movimiento. “Lo que falta no son sólo datos, sino lenguaje. Con demasiada frecuencia se equipara la permanencia con la inercia, como si las personas que se quedan estuvieran simplemente atascadas, rezagadas o resignadas a su destino”. En realidad, “la decisión de quedarse se vive a través del cuerpo, se negocia en los hogares y se entreteje con los ritmos cotidianos de la vida”.

“Basándose en el modelo aspiraciones capacidades, se entiende la (in)movilidad no sólo como movimiento o estancamiento, sino como la interacción entre dos dimensiones en evolución: lo que la gente espera y lo que es capaz de conseguir”.

Tanto las personas que deciden y pueden migrar como las que se quedan “no son identidades fijas”, concluyen. “Cambian a lo largo del tiempo, de las etapas de la vida y de las circunstancias, moldeadas por el cambio externo y la recalibración interna”.