Por: Dr. Luis Guillermo Jiménez *
Migrar no es únicamente desplazarse en el espacio geográfico. Es, en esencia, una transformación interna; un proceso silencioso en el que aquello que considerábamos inamovible comienza a reconfigurarse frente a nuevas realidades. En ese tránsito no solo se cruzan fronteras territoriales, sino también las estructuras más profundas de nuestra identidad.
Recuerdo con especial gratitud las enseñanzas de mi maestro en psiquiatría, el Dr. Heriberto González Méndez —médico, psicoterapeuta y destacado profesor universitario fallecido en 2018—. Él me introdujo a la comprensión del paradigma central y el paradigma periférico.
El primero es entendido como el núcleo atómico del ser: esa creencia fundamental y estructurante que nos da sustento, por simple que parezca. El segundo, el paradigma periférico, comprende la trama de elementos externos que alimentan y dan vida a esa creencia central: nuestras relaciones cotidianas, el espacio en el que vivimos, la comida que compartimos, la gente que nos rodea y nuestras percepciones inmediatas.
Desde esta perspectiva, la migración plantea una tensión inevitable. Al migrar, el paradigma periférico es el primero en desmantelarse y cambiar de golpe. Cambian los aromas, las calles, los rostros y los afectos. Cuando esta periferia se altera de forma tan drástica, el paradigma central se tambalea. Si no comprendemos este fenómeno en su justa dimensión, corremos el riesgo de reducir la migración a un hecho puramente externo, observando al migrante como una mera víctima de las circunstancias. Sin embargo, la verdadera batalla ocurre en lo interno: bien llevado, este proceso puede reconstruir a la persona desde sus cimientos; mal llevado o incomprendido, puede llegar a quebrarla.
En muchos casos, el individuo inicia un proceso activo de ajuste en su periferia: modifica hábitos, lenguaje y dinámicas sociales. Aprende nuevas normas e incorpora códigos culturales distintos para adaptarse. Sin embargo, el paradigma central suele ofrecer resistencia. No por terquedad o rigidez, sino por una necesidad profundamente humana de continuidad y preservación. Cambiar ese núcleo sin un proceso de integración adecuado implicaría, en cierta medida, dejar de ser quien se es.
Este fenómeno no es exclusivo de una cultura, religión o región del mundo; es una constante antropológica. Se hace más visible cuando las diferencias entre el contexto de origen y el de destino son marcadas. Allí, la tensión entre integración y preservación se vuelve evidente, compleja y, en ocasiones, dolorosamente incomprendida. Lo que desde fuera suele interpretarse como distancia, resistencia o conflicto, es muchas veces un intento desesperado de reorganización interna: una negociación constante entre pertenecer sin disolverse, y adaptarse sin desaparecer.
Desde las neurociencias y la psicología, sabemos que el cerebro humano busca coherencia. La identidad no es un accesorio; es un sistema organizado que da sentido a la experiencia humana. Cuando ese sistema es confrontado por un entorno radicalmente distinto, se activa una dinámica de ajuste neurobiológico y emocional que rara vez es lineal o inmediata.
Por ello, comprender la migración desde esta óptica exige abandonar juicios simplistas y acercarnos a una visión más empática y profunda: la de seres humanos intentando reconstruirse sin perderse en el intento.
Quizás el verdadero desafío no está en exigir una adaptación absoluta, ni en aferrarse a una identidad inamovible, sino en entender que todo proceso migratorio es un ejercicio de equilibrio. Un diálogo constante entre lo que somos, lo que fuimos y lo que estamos llamados a ser en un nuevo contexto.
Migrar, al final del día, no es solo cambiar de lugar en el mapa. Es aprender a habitar la frontera invisible entre el centro y la periferia de uno mismo.
*Profesional y migrante venezolano en México.