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Se llamaba Abdou, jugaba bien al fútbol y tenía un buen corazón

Esta semana la palabra “invasión” se volvió tendencia en X (ex Twitter). Las imágenes sin contexto sobre lo que pasaba en Ceuta acompañaron esa idea deshumanizadora. La pregunta ahora es: ¿qué haremos nosotros?

Agustina Bordigoni

Oleada, avalancha, crisis migratoria, ilegales, invasión. Durante los últimos días hemos leído todo lo que no debería haber sido dicho de esa manera, todo menos historias. Hemos visto personas amontonadas, a las corridas, sin rostro. Podríamos llamarlos, si queremos apelar a la corrección del lenguaje y limitarnos solamente a eso, como «migrantes en situación irregular»: pero, ¿acaso tiene sentido esa aclaración? Leímos y escuchamos “desesperados”, “vulnerables”, “indocumentados”. Ningún nombre propio.

En el mejor de los casos los análisis sobre la llegada de miles de personas a Ceuta se han centrado en los dichos y amenazas de mandatarios, en los intereses geopolíticos, en la cantidad de habitantes, de muertos, de recursos invertidos por Europa para evitar la llegada o lo que estos migrantes vueltos números representan en el porcentaje de la población. Intereses y cálculos deshumanizados. Deshumanizantes. Y claro que es siniestro pensar –y saber– que las personas migrantes son moneda de cambio, mecanismos de presión entre los Estados. Pero a no confundirse con la noticia del momento. No se han convertido: desde hace décadas, con más o menos interés mediático, lo son. La pregunta ahora es si el resto de nosotros, en nuestros mundos particulares, seguirá el mismo camino de deshumanización: ¿qué nos hemos preguntado sobre ellos, sobre sus intereses, sobre sus gustos, sobre sus vidas?

Él se llamaba Abdou. Tenía una esposa, una hija de un año y, según sus amigos, un buen corazón. En 2021 se convirtió en el nombre y la representación de la historia de muchos otros desconocidos. Ese año el mundo se hizo eco de una situación similar a la de esta semana: miles de personas migrantes llegaron a Ceuta desde Marruecos y los análisis fueron bastante parecidos a los actuales. Pero hubo una foto que dio la vuelta al mundo: fue la de Abdou abrazado a Luna, una rescatista de la Cruz Roja que se acercó a él. La angustia del hombre se notaba en los ojos rojos que se reflejaron en los de Luna. No hablaban el mismo idioma, pero ella sabía que él estaba preocupado por alguien (luego se supo que era por su hermano, a quien no veía reaccionar), que su trayecto a pie y a nado hasta allí no había sido nada fácil, que seguramente había visto a otros morir. Lo abrazó y él se permitió no soltarla para poder llorar desconsoladamente.

Pero la humanidad se quedó ahí. Pocas horas después Abdou fue devuelto a Marruecos, donde había pasado más de cuatro años viviendo en pésimas condiciones. Luna se desterró de la vida pública y de las redes sociales, porque en los días que siguieron los ataques machistas, xenófobos y racistas por su gesto no cesaron. Entonces tuvo que esconderse, que tapar su rostro, que volverse invisible. Como muchas otras historias.

En 2024, después de varios intentos, con una esposa y una hija de un año en Marruecos, Abdou finalmente logró llegar a España. Cuando murió en Málaga, en junio de 2025, todavía no había conseguido llevar a su familia a vivir consigo.  

Abdou era huérfano. Había sido criado por su abuela, y en Senegal trabajaba de albañil. Soñaba con llegar a Europa, conseguir un trabajo y enviarle dinero a quien tanto lo había cuidado de pequeño.

En 2021, unos días después de aquel abrazo, la periodista Ana Jiménez logró localizar a Abdou y comunicarlo por videollamada con Luna. “¿Qué quieres preguntarle? Le dijo Jiménez a la rescatista. “Todo”, respondió ella visiblemente emocionada. “Que cómo está, cuánto tiempo lleva ahí, si quiere volver”.

Se llamaba Abdou, siempre decía que quería “vivir y no sobrevivir”, y jugaba bien al fútbol.