Texto: Agustina Bordigoni
Fotos: Silvia Hagge
Estoy parada sobre las antípodas de Zhumadian, Henán, China. En realidad, escribo estas líneas desde Juana Koslay, San Luis, Argentina. Me pregunto si en este momento, con doce horas de diferencia, alguien parecido a mí estará escribiendo sobre un tema diametralmente opuesto al de este artículo. Si alguien, en la otra punta del planeta, entiende exactamente lo contrario de lo que sigue. El concepto rector del libro Antípodas, el revés de Argentina (2022), me atrapa desde el comienzo: desafía el punto de partida desde el que regularmente entendemos el territorio de un país. Las antípodas son, empiezo a creer desde que leo las primeras páginas –escritas al derecho y al revés–, una provocación directa al concepto de las fronteras nacionales. Pensar en dos puntos conectados y unidos de la Tierra, desde y a los que se podría llegar cavando un túnel en línea recta –pero que no están divididos por vallas, muros o controles migratorios–, es también un reto a la lógica. A mi lógica y a la de cualquier ser humano nacido y educado bajo una organización política, territorial y social a la que conocemos comúnmente como Estado nación. Una organización que define y establece un poder de vigilancia sobre ese espacio físico, pero que sobre todo delimita quiénes son –y no son– sus nacionales.
Es en un aeropuerto de la capital San Luis, en las antípodas de China, donde me encuentro con Silvia Hagge, su autora, una argentina que vive fuera del país desde hace más de tres décadas, y a la que llegué por medio de amigas a las que ella había ido a investigar en su taller literario (probablemente atraída por su nombre: Silenciosos incurables).


En 2016, durante un viaje a Taiwán, Hagge descubrió que en 1895 unos navegantes portugueses habían llamado a esa isla “República de Formosa”. Y no solamente eso: también que era la antípoda de Formosa, la provincia homónima de su país natal. Un contrasentido, o tal vez no.
Cuando empezó a investigar sobre el tema advirtió además que Argentina es uno de los pocos países del mundo con antípodas en tierra firme (están en Taiwán, China, Mongolia y Rusia).
Desde entonces Hagge se dedica a visitar pueblos enfrentados del planeta, a fotografiarlos y a buscar, encontrar y contar historias. Lo que encuentra, puede leerse en su primera obra, son relatos de personas de poblados pequeños. Personas que permanecieron en el mismo lugar desde siempre, personas que emigraron e incluso algunas que viajaron para instalarse en las antípodas de sus orígenes.
“Llegué a San Luis por un proyecto fotográfico que tengo hace varios años. Estuve en pueblos de las provincias argentinas de Buenos Aires, La Rioja, todas antípodas de diferentes lugares de China”, comenta. En esta provincia argentina recogió historias de poblados como la capital, Candelaria, Unión, Quines, La Carolina y Villa de la Quebrada: todos con antípodas en Asia y con historias que serán parte de su próximo libro y (o) documental.




“Las historias que quiero contar no son trágicas, porque de historias trágicas ya tenemos bastante en las noticias”, asegura. Durante nuestra entrevista saca de su mochila y muestra algunos mapas, fotos de escuelas, construcciones, personas y localidades que visitó, en muchos de esos casos, con la compañía de un guía local. “Son historias de superación, de personas que tienen una vida muy dura y que de golpe tienen algo muy lindo para contar”. Cuenta, por ejemplo, que en algunos pueblos de China sólo quedan adultos mayores y niños: abuelos y abuelas a cargo de nietos porque sus padres y madres tienen que salir a trabajar o estudiar y no disponen del tiempo que demanda la crianza. “Los ven dos veces al año”, agrega mientras enseña retratos que lo prueban. Fotografiada en China, la realidad no difiere mucho de la de un país como la Argentina y de otros lugares del mundo en donde las condiciones económicas de subsistencia obligan a una importante cantidad de adultos a pasar gran parte del día lejos de sus hijos.
Este fenómeno fue ampliamente documentado y estudiado en China como “los niños dejados atrás”, una realidad que comenzó a profundizarse desde 1990 por el aumento de la población y la migración de trabajadores del campo a la ciudad: según el censo de 2020, eran 67 millones en esa situación. En Argentina al menos siete de cada diez niñas, niños y adolescentes quedan al cuidado de los abuelos o algún familiar mientras sus padres trabajan.

A lo largo de la charla y de su libro queda bastante claro que el interior de las antípodas puede ser lo opuesto de lo que consideramos como opuesto. En el medio de la conversación aparece la persona a la que le había alquilado un automóvil para recorrer los pueblos del interior de San Luis: aunque acostumbrada a los trayectos largos, Silvia había olvidado empacar su tarjeta de crédito para este último, por lo que un alumno del taller literario con el que apenas intercambió algunas palabras se comprometió a oficiarle de garantía. “Hay gente buena en todos lados. Los pueblos alejados son hermosos en todo el mundo. El día puede terminar conversando con gente que te recibe, comiendo con ellos”, compartiendo tiempo con desconocidos a los que recuerda con un nivel de detalle que no lo parecen. Es lo que ha experimentado, describe, en sitios diametralmente distantes y a la vez muy cercanos en su comportamiento: el contacto con familias que le ofrecen un lugar para refugiarse de la lluvia o comer, que le preparan platos típicos de Taiwán o de Formosa. Compañeros de viaje que a veces confunden al lector: ¿de qué lado del planeta se encuentra la protagonista?
Salvo por algunos detalles puntuales, llega un momento en el que es difícil identificar si el relato está basado en Laguna Blanca, Siete Palmas, El Espinillo, Misión Tacaaglé, General Manuel Belgrano, o en sus antípodas: Keelung, Jinshan, Nueva Taipéi, Taoyuan o Parque Piao Lu Mu.


La historia de Silvia está ligada a la migración en el sentido tradicional del término. Cuando salió de la Argentina lo hizo por trabajo y vivió más de dos décadas en Singapur. Ahora, como nómade con base en Francia, además de recorrer las antípodas, visita Grecia una vez por año para trabajar como voluntaria en una organización llamada Melissa, cuyo objetivo es conformar una red de mujeres migrantes y refugiadas que se asistan mutuamente y en la que se ofrecen talleres de fotografía, escritura o pintura, entre otros. Ella misma dictó un curso que consistía en la producción de obras de arte a partir de negativos: el revés de lo que muestra una cámara fotográfica.
En griego Melissa significa abeja. Es inevitable pensar que las abejas habitan en organizaciones políticas, sociales y comunitarias como los Estados nación o en este caso las colmenas, aunque estas últimas carecen de normas migratorias y fronteras.
Entonces advierto que las líneas pueden desdibujarse dependiendo de la ocasión o del punto de partida. Y que, independientemente del lugar de la Tierra en el que nos ubiquemos para experimentar y narrar una vida, todo puede terminar en el lugar en el que comenzó.
“Elige dos líneas de longitud y latitud y muévete a lo largo de ellas para medir ciertos elementos, cantidades y condiciones. En tus mediciones toma atención particularmente a los cambios y a las constantes, a las similitudes y a las diferencias a lo largo de las dos líneas (…) El propósito de este ejercicio es hacer penetrar en tu mente la escala del mundo, reconsiderarlo en una manera que no esté ya más ligada a ideas de nacionalidad, confines, divisiones raciales”.
Antípodas: proyectos para una nueva cartografía, Teresa Stoppani, 2007.





En el lugar en el que todo comenzó
En el interior de la Argentina los aeropuertos no son grandes construcciones ni están muy concurridos, pero podría decirse que Silvia estaba en las antípodas del lugar por el que ingresé a buscarla. Para tomar dimensión del espacio, basta decir que la escuché pronunciar mi nombre desde la otra punta. Nunca nos habíamos visto personalmente, pero no había muchas opciones de que yo fuera alguien más: había otras dos o tres personas tomando algo en el bar, faltaban unas horas para que saliera su vuelo y las boleterías todavía estaban cerradas.
Sobre su visita a San Luis –no el punto final, pero sí el más reciente– cuenta anécdotas todavía no escritas, como la de una mujer mayor de un pueblo llamado Buena Esperanza que perdió a sus hijas y abrió su propia radio local: transmite desde su casa un programa en el que acompaña a los pobladores y en el que se siente acompañada. “No es antípoda de nada, pero a esta historia la tengo que incluir”.



Además de la hospitalidad de las poblaciones de las antípodas que recorrió, algunas similitudes de los paisajes y de las actividades económicas llamaron particularmente su atención. “Aunque se utilizan para diferentes cosas, tanto en San Luis como en sus antípodas en China vi extensas plantaciones, kilómetros y kilómetros amarillos de granos secándose al sol”.

Según los datos de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, en la última recolección de invierno de San Luis se habían cosechado más de 1,5 millón de toneladas de grano, unos 6.700 kilos por hectárea. Para la misma época del año en el verano de Henan, China, el Departamento de Agricultura y Asuntos Rurales de la provincia informaba que se habían sembrado unos 58.807 kilómetros cuadrados, el 98% del área de siembra planificada.
Con otros proyectos fotográficos Silvia visitó Irán, Pakistán, Turquía, Líbano (de donde provienen sus ancestros) y Japón. Su relación con este último país es particular: así como llegó a por primera vez a Keelung, Taiwán, en 2016 para conocer el lugar en el que había nacido una de sus amigas, empezó a aprender el idioma japonés para poder conversar con otras. “Quince años estuve jugando al tenis con ellas y recién ahora las puedo entender de verdad”.
“Durante mi estancia de un mes en Japón quise explorar un nuevo enfoque fotográfico. Al principio me sentía abrumada por la enorme cantidad de estímulos visuales y auditivos a mi alrededor. Había tanta información que confundía”, cuenta. Este otro proyecto consistía en capturar historias y lugares con la cámara, aunque no fueran antípodas. “Para capturar esa sensación y evitar la contaminación visual decidí usar algo omnipresente en Japón: un papel que se usa para envolver regalos”. Eso, detalla en su página web, “se convirtió en una metáfora de la experiencia sobre la variedad de estímulos sensoriales que encontraba”.
Para contextualizar esas experiencias Silvia recurre al idioma, a la literatura y los especialistas que la orientan sobre qué y a quién leer. Se refiere particularmente a un libro, La anatomía de la dependencia (1971), del psicoanalista japonés Takeo Doi. “Lo interesante es que él viajó a los Estados Unidos, estudió la psicología occidental y entendió que esos conocimientos no podían explicar completamente el comportamiento social en Japón, porque en Japón no existe el yo: todo se piensa y se hace en comunidad”.
Su idea de comunidad me remite a pensar inmediatamente en otro concepto, acuñado precisamente por un estudioso nacido cerca de las antípodas de San Luis, en China: el de comunidades imaginadas, de Benedict Anderson (Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, 1983). El autor propone una definición de nación como el de una “comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”.
Esa comunidad es limitada, explica, porque incluso la mayor de ellas, con miles de millones de habitantes, tiene fronteras finitas. Y ahí la primera reflexión importante sobre las antípodas y por qué podrían ser un desafío a la lógica: “Ninguna nación se imagina con las dimensiones de la humanidad”.
Esa comunidad se entiende como soberana, continúa Anderson, porque el concepto “nació en una época en la que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico divinamente ordenado”. Las naciones se crearon como una respuesta ante una amenaza potencial.
Por último –y tal vez lo más importante de este concepto– está el hecho de que sea imaginada: el autor postula que muy probablemente los miembros de una nación, por más pequeña que esta sea, no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas. “No los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión«. ¿Por qué, entonces, la idea de comunidad se desarrolla entre desconocidos que probablemente no tengan nada en común, aunque compartan una misma nacionalidad?


La respuesta de Anderson es que la idea prevalece porque, independientemente de la falta de comunidad real, de la desigualdad y la explotación que puedan existir dentro de estas organizaciones políticas y sociales, “la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal”.
Lo que le ha permitido a Silvia sentirse parte de una comunidad fue acercarse a las historias sin aferrarse a esa idea de fraternidad impuesta y fronteriza que teoriza Anderson. “La única manera de entender a las personas migrantes o refugiadas es escuchándolas, contando sus historias. No se podrían entender con números”, explica sobre su trabajo en Melissa. Es lo que practica en esa ONG y cada vez que recorre una antípoda y una familia o persona la conduce a la otra. En su primer libro, esa escucha activa la llevó a conocer a José Cheng, un taiwanés que emigró en 1976 y que ahora vive en Laguna Naick Neck, Formosa, Argentina. Cheng y su familia se instalaron en el interior gracias a la ayuda de un japonés que los orientó sobre las tierras que podían comprar en la zona. “Los japoneses son como los chinos, somos como de la misma sangre”, cuenta el hombre en el libro. Otra provocación a la visión de la sociedad dividida arbitrariamente por fronteras.
La fraternidad de generación espontánea es la que aparece precisamente a lo largo de estas historias y de las páginas del libro de Hagge: la humanidad entendida desde las antípodas y como un todo.
En cambio, reflexiona Anderson, la fraternidad impuesta por la mera existencia y pertenencia a una nación conduce muchas veces al camino contrario.
“Es esta fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestas a morir por imaginaciones tan limitadas”.