Por Agustina Bordigoni
Brahiam Salamanca tiene 29 años y llegó a la Argentina hace más de una década desde Paipa, departamento de Boyacá (Colombia), para estudiar medicina. Hace dos años participó de una campaña en Jujuy: durante dos semanas atendió a un promedio de 150 pacientes por día, cientos de personas que en muchos casos nunca habían accedido a un control. “A veces se llega tarde”, reflexiona sobre esa experiencia. “Como todo en la vida, nosotros tenemos un período de aprendizaje y para ver solamente se aprende hasta los siete, ocho años”. Muchos pacientes mayores de esa edad ya tenían daños irreversibles de los que los mismos padres tampoco eran conscientes, porque habían crecido con los mismos problemas y por lo tanto lo consideraban normal.
Su trabajo como oftalmólogo se concentró en los lugares más alejados, en donde además existían realidades a las que necesariamente había que adaptarse para poder atender: “algunos pacientes mayores de 50 o 60 años no sabían leer, y entonces realizábamos el control de otra manera”, afirma mientras enseña algunos símbolos que usa para poder diagnosticar.

No fue la única vez que tuvo que adaptar su lenguaje, ni como profesional ni en la vida diaria. “A pesar de que es el mismo idioma, el mismo español, los modismos no son los mismos”. Y al adaptarse también practicó la paciencia: “Yo siempre trato (y mis compañeros también me lo dicen) de tomarme dos minutos más para explicarle algo al paciente. Explicarle la importancia del tratamiento que se tiene que hacer, la importancia de los controles, y no con lenguaje técnico”.
El resto no fue difícil, cuenta. “Yo el último año de la secundaria en Colombia lo hice en una ciudad diferente a la mía, ya a los 16,17 años no vivía con mis papás, por lo que fui muy independiente”, comenta. “Cuando me vine para acá ya tenía las herramientas por haber vivido solo, aunque extrañar siempre extraño”.
Como Argentina tiene una importante tradición e historia migratoria “muchas comidas típicas de allá acá se consiguen”, explica. “Y después me adapté. Yo siempre estuve en una ciudad pequeña y me encanta Buenos Aires: siempre hay algo para hacer, siempre hay alguien, siempre hay algo para conocer, siempre hay un lugar abierto”. Y además de todo eso, encontró argentinos que conociendo su situación de migrante lo alojaron, lo refugiaron y lo invitaron a ser parte de su vida, agrega.
Hoy está comprometido con uno de ellos, y por lo pronto planea quedarse, seguir aportando a la salud y perfeccionando sus conocimientos.
Cierra con lo más lindo y lo más difícil de su profesión. Cuando se llega tarde, pero también cuando se llega a tiempo. “Recuerdo a niños pequeños de 4 o 5 años que iban al siguiente control y veían mucho mejor”. También a aquellos que vuelven un tiempo después con una sorpresa: un tejido, un budín, algo hecho con las propias manos y producto del esfuerzo personal.
Como el suyo cuando dejó su país para seguir un sueño y ayudar a otros a verlo.