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Respuestas de fácil acceso

El gobierno japonés anunció que reanudarán las operaciones en la planta nuclear Kashiwazaki-Kariwa, once años después del desastre originado tras un tsumani. Más de 27 mil personas siguen evacuadas y viviendo como refugiadas desde el 11 de marzo de 2011.

Por Agustina Bordigoni

Keiko ve el mismo paisaje desde hace catorce años. Casi los mismos que tenía cuando tuvo que salir con lo que quedó de su casa y de la familia. Su hogar está en una zona que el gobierno define como de “difícil acceso”. Cada tanto se dedica a caminar por calles cercanas. Recorre lo que era antes con lo que ahora ella es. Una joven un poco tímida, pero inquieta, que intenta estudiar y que le pide los consejos que nunca pudo a su mamá: qué hacer con el recuerdo de su primer novio, cómo controlar su enojo y poner límites con amor. Cosas existenciales a las que se le suman, por ejemplo, cuál es el color que mejor le queda a su cara, qué usar en las fiestas, cómo comportarse en sociedad cuando disfruta tanto de su propia compañía –o de lo que otros llaman soledad–.

Ese teléfono la ayuda a decir cosas que nunca dijo y que seguramente no volverá a decir. Cosas que para los grandes quedaron pendientes, pero que para una niña (como era ella cuando perdió a su mamá) eran ideas que ni siquiera se planteaba.

Le preguntó sobre la vejez. Sobre cómo le hubiera gustado atravesarla. Le respondió ella misma cómo le gustaría que fuera la suya, la única posible (aunque no segura) de las dos. Le preguntó si había sido feliz, si había sido fiel a sus deseos y si había podido dejar atrás la culpa cuando se cansó del “tengo que”. No sabía si su mamá se había cansado de los “tengo que”, pero ella tampoco tenía ni la más remota idea de cómo atravesar esa barrera sin culpa.

Descubrió que acudía a ese lugar –al que recurría cualquier día menos el 11 de marzo, para evitar las largas filas– a encontrarse con ella misma.

El 11 de marzo de 2011 un tsunami sacudió el nordeste de Japón, dejó 20 mil muertos y provocó un grave accidente nuclear. Catorce años (o 5.114 días) después, 27 mil personas continúan evacuadas y viviendo como refugiadas. Gran parte de ellas, según los datos de la Agencia de Reconstrucción citados por El Español, eran antiguos residentes de la “zona cero”, declarada como “de difícil acceso”.

El mismo año del conocido como “el desastre de Fukushima”, Itaru Sasaki compartió su refugio con el mundo: se trataba de un teléfono sin conexión a ninguna red, que lo acompañó en el duelo por la muerte de su primo. Desde una cabina, ubicada en el jardín de su casa, se comunicaba simbólicamente con ese ser querido que había perdido. Cientos comenzaron a concurrir para saludar, para decir lo no dicho, para encontrar consuelo. Lo llamaron “el teléfono del viento”, porque es hacia donde iban las palabras. El video con su historia –que fue contada muchas veces– reapareció con fuerza en tiempos cercanos a las fiestas de fin de año, cuando muchos sienten la necesidad de cerrar asuntos pendientes, de acercarse a los que ya no están para comunicarles algo que les quedó por decir.

Precisamente dos días antes de la Navidad de este año, el gobierno anunció que reanudarán las operaciones en la planta nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, la más grande del mundo. “Volverá a operar tras la aprobación del parlamento regional de Niigata, en medio de reparos sociales y con el recuerdo aún vigente del desastre”, explica un artículo de La Nación.

Ese 11 de marzo, los sueños y los recuerdos de Keiko se volvieron borrosos. Desde entonces no tenía más que preguntas: ¿Por qué a nosotros?, ¿por qué a mí? A esas le siguieron muchas otras.

Llegó a la conclusión de que arrojarlas al viento es algo que ayuda a aclarar: no puede controlarse el recorrido, pero tarde o temprano, con el cambio de corriente, llegan todas las respuestas.