Por Agustina Bordigoni
“Antes protestaba por todo. Me enojaba si se cortaba la luz, internet. Ahora ni cuenta me doy… Vivo feliz”, dice María Verónica (68), que en 2024 se mudó con su esposo Jorge (70) a Los Molles, San Luis.
Desde que llegaron de Pehuajó ese año sintieron que habían estado allí siempre. “Nunca pensamos otra opción, nos enamoramos de este lugar a primera vista después de unas vacaciones. El paisaje nos gustó mucho, el verde, las sierras. La gente es muy distinta, muy sociable. Saludan aunque no te conozcan y se ofrecen a llevarte si andás caminando”.
Cuando llegaron ya estaban jubilados, él de la policía y ella por los años que lleva en las tareas de cuidado no remuneradas –que nunca se terminan–. Pero fue recién en 2024 cuando sintieron que algo realmente cambió: “Acá no estamos pendientes de la hora, de si se hace tarde. Solo de disfrutar de lo que nos rodea y de descubrir lo nuevo: los pájaros que no conocíamos, un zorrito que todos los días viene a comer… Cosas simples”.

Como ellos, son cada vez más los que buscan escapar de un mundo que se empeña en imponernos que el éxito está en la productividad y que eso es lo que somos (o lo que necesitamos para ser felices). Un sistema que se centra en lo complejo y nos aleja de lo vital. Casi tres de cada diez personas de las que viven hoy en San Luis nacieron en otra provincia. Según el último censo, San Luis tenía en 2022 540.548 habitantes: de ese total, 149.224 nacieron en otra provincia argentina y 8.219 en otro país. Es decir que alrededor del 27,6% de la población puntana nació en otra provincia y el 1,5% en el exterior.
“Cambiamos el horario para levantarnos y hay días en que recién a las 14 hs estamos por almorzar. De noche nos acostamos más temprano”. La única contra para María Verónica es el clima en invierno: “soy muy friolenta y me cuesta”.
Eso, sin embargo, no la hace dudar. “Seguimos eligiendo Los Molles porque es otro modo de vida. Tranquila y sin problemas”.
Cuenta que todos los días, cerca de la hora de almorzar, aparece un zorrito a buscar su ración del día. “Se para a un metro de la cocina y espera. Si todavía no vino yo lo llamo y aparece”.
Migraron dos. Ahora son tres.