Agustina Bordigoni
Cuando todo terminó no sabía qué hacer con los restos. Con esas partes que quedan de un todo.
¿Qué es todo?
Era necesario ordenar las ideas. Los sentimientos llegaban sin orden, imposibles de clasificar. No entraban en cajas, no se podían ver, aunque sí ocuparan espacio. De tiempo, de pensamientos rumiantes, de la noche, del día. Antes de tomar cualquier decisión hay que limpiar el terreno, hacer lugar.
Había visitado muchos lugares. Con y sin cajas, con y sin orden, con y sin sentimientos. Pero los suyos estaban guardados. Algunos, llenos de polvo. Fue con ese viento que se levantó –y que arrastró lo que estaba oculto más abajo– cuando finalmente pudo ver. Ahí estaban las palabras lloradas, los dolores no dichos, los últimos y los primeros suspiros. Ahí estaba la historia de alguien más, en un espejo roto que le mostraba la suya. Todos, finalmente, somos un espejo roto para alguien más, pensó.
Lo tomó en sus manos con mucho cuidado. Como si fuera una herencia familiar, algo profundamente suyo. El filo le lastimó los dedos: algo que suele suceder con los espejos cuando nos devuelven una imagen que no nos favorece, pero que al mismo tiempo estamos preparados para ver. La única forma de aprovechar una reliquia como esa era restituirla con caras nuevas.
Lo pegó y lo dejó secar al sol. Era necesario que la devolución de ese espejo se tomara su tiempo para descansar y dar espacio. Se volvió a mirar, pero ya no era el mismo. Tampoco estaba en el mismo lugar. Los restos se volvieron un todo distinto.
Cuando la casa de Farah y Tala fue destruida en un bombardeo, ellas no solamente se miraron a sí mismas: vieron toda Gaza. “Nos negamos a ver los escombros únicamente como destrucción”, cuentan las hermanas palestinas en un video de presentación del Earth Prize de Oriente Medio, que finalmente ganaron con su proyecto “Build Hope”. Allí explican que su idea consiste en elaborar bloques de construcción con los escombros que dejó la guerra. En una nota que dieron a la BBC, las jóvenes de 17 y 15 años relatan que actualmente viven en una carpa y que fueron desplazadas varias veces dentro del territorio, como otros 1,9 millones de personas.
En el reportaje agregan que planean usar el premio de US$12.500 para enseñar a otros cómo producir los ladrillos, con el objetivo de que la reconstrucción sea comunitaria y no dependa de ayudas extranjeras.
“La idea surgió después de que bombardearan nuestra casa, pero también al ver la destrucción por todas las partes en Gaza, en las calles, en los barrios y en la vida cotidiana. Nuestro siguiente paso es organizar talleres y capacitar a jóvenes para producir los bloques y ayudar a que esta idea crezca de cien personas a miles. Más allá de Gaza, queremos que esta solución llegue a los conflictos y desastres de todo el mundo. Representar a Oriente Medio a nivel mundial significa demostrar al mundo que, incluso en los lugares más difíciles, la innovación y la esperanza pueden surgir y que nos llena de orgullo”, explicaban en el video en el que pedían al público que votara por su iniciativa.
«Nuestra idea es simple: convertimos los escombros en bloques de construcción utilizando materiales locales y fortalecemos a las comunidades para que reconstruyan de forma segura con lo que ya tienen».
Su idea es simple. Y no, no estamos hablando de ladrillos.
Fuente de la foto y del video: The Earth Prize 2026