Agustina Bordigoni
1.
Xiomara prepara la mesa: dos platos, dos copas, una comida, una cámara. Del otro lado, su papá practica el mismo ritual. Ocho platos, ocho copas, siete comensales. Algunas fiestas son virtuales o, como se escuchó decir alguna vez a algún poeta, algunas personas se encuentran del lado equivocado de la Navidad.
Las fiestas de fin de año pueden convertirse en un cruel recordatorio de los espacios vacíos. Vacíos de manera permanente, vacíos con esperanza de regreso, vacíos que se sienten como tales, sin mucha más explicación.
La tecnología permite una cercanía que en otro momento no hubiera sido posible. Esa misma que separa a los que comparten espacio también puede unir a seres que, si se mide por kilómetros, están muy distantes.
Cuando se habla de migración poco se recuerda a los otros protagonistas del proceso: los que se quedan. Los que también sueñan con un regreso o con una partida. Los que no tienen la opción de cocinar platos típicos o de mirar fotos para recordar su casa, porque están en casa. En una casa que no es la misma, en la que se perdieron las costumbres que se llevaron los que ya no están.
Del otro lado, el que partió tiene dificultades para encontrar esos detalles que lo trasladan a su origen. A una tierra que es distinta a la que conoció.
La llamada termina, las mesas se desarman, se arman las historias y las rutinas paralelas. Será hasta la próxima Navidad.
El próximo año, tal vez, algunas copas puedan volver a estrecharse.
2.
Ismael prende una pequeña linterna en una carpa improvisada. Llevan improvisando ya varios meses. Atrás, muy atrás, quedaron los recuerdos de la Navidad tal y como la conocían. No hay regalos, pero sí presencias. No hay copas, pero la luz de la linterna que se prende en ocasiones especiales alcanza para iluminar, aunque sea por una noche, los rostros cansados.
“Nos tenemos, eso es lo importante”, dice Ismael en la televisión. No podrá verse, pero recuerda sus palabras.
La noche fue todo lo especial que pudo ser en el contexto. Cuando la linterna se queda sin batería y se apaga, y aun cuando el piso no está firme porque durante la noche anterior las lluvias fueron intensas; los pies están sobre la tierra y los ojos permanecen bien abiertos.
3.
María logró instalarse en otro país. Al tiempo, después de un gran esfuerzo, llegaron sus hijos. Se acostumbraron a una Navidad diferente. A una Navidad sin vecinos. A una Navidad con sabores, amigos y acentos nuevos.
Cuesta menos habituarse cuando existen las condiciones. Cuando no hace falta preparar mesas paralelas para celebrar como en dos mundos diferentes.
Saben que su caso es excepcional, pero no tienen interés en destacarse.