“Cuando supe que iba a emigrar lo primero que guardé en mi billetera fueron las fotos de mis hijos, ellos son todo para mí. Otro objeto fue mi sombrero ‘vueltiao’: así le llamamos en mi costa colombiana. Tiene los colores de mi bandera”, explica Érika Luján, que emigró a la Argentina hace siete años. “También empaqué una bolsa de café”. En esa valija llevaba recuerdos familiares, el aroma del país y la bandera representada en un sombrero que sigue transportando consigo cuando recorre la Argentina en verano. “Me lo regaló una amiga para mi cumpleaños y me dijo: ´llévalo siempre contigo´”. Érika cumplió.
Al partir tomó una buena decisión, piensa. “Agregaría fotos físicas de mis papás y una de mi nieto cuando nació”. No podía saberlo cuando partió: hoy él tiene dos años.

Luis Jiménez es venezolano y en México vive su segunda migración. De la primera aprendió que su título de médico era su valor más importante. Por eso, lo primero que empacó fueron los documentos que así lo comprueban.
También llevó consigo dos anillos: “uno que me certifica como médico cirujano. Y, en mi otra mano, cargo un anillo que es un regalo que me dieron unos buenos amigos que es un anillo ‘atlante’ (símbolo de protección) y que es un anillo de plata”.
“Sabía que no me podía traer muchas cosas porque iban a perderse o quizás podía tener el riesgo de que no me las permitieran pasar”, explica.
“Recordé en mi viaje la leyenda de los últimos atlantianos: cuando su tierra se destruyó fueron a otras llevando su conocimiento, entonces de alguna otra manera esa leyenda fue la que a mí me define en el proceso de migración”.
Por eso, “de todas las cosas más importantes traté de traer aquello que me diera seguridad y fortaleza para los días por venir”.
