“Para mí todo era valioso, todo quería traer. Pero tenía una prima a la que le habían diagnosticado cáncer justo en mis últimos tiempos antes de venirme, ella estaba en tratamiento y me había regalado un San Antonio de Padua. Yo no creo mucho en santos, pero lo tenía conmigo”, cuenta Elizabeth sobre el objeto que la acompaña desde hace catorce años, el tiempo que pasó desde que emigró desde Cajamarca, Perú, con destino a Buenos Aires, Argentina.
“Yo crecí en una familia católica, entonces sentí que si lo dejaba era una falta. Y, entre todo aquello valioso que no podía traer, lo agarré y lo traje”. Después de un largo viaje por tierra, y en el momento en que pisó suelo argentino –un 21 de julio de 2011 muy frío y lluvioso, recuerda– supo que su prima no había resistido el tratamiento.
De alguna manera, la muerte la había expulsado de su país. Ese mismo año su mamá había fallecido a causa de la misma enfermedad. En Argentina se reencontró con su hija que había emigrado antes y fundó un vivero, que hoy tiene una doble representación: la vida que crece desde las semillas y la relación con la tierra que heredó de Perú y de su mamá.
Tal vez por ese salto contundente entre la muerte y la vida hoy, si tuviera que volver a elegir, llevaría consigo otras pertenencias. “Me hubiese gustado, más allá de todos los recuerdos y del amor de mi madre, estar en el momento cuando mis hermanos decidieron deshacerse de todas sus cosas, quemar lo que no servía, regalar lo que no podían guardar, tener la oportunidad de elegir algo y decir: ‘A esto me lo voy a guardar porque era de mi madre’».

Jean Gérard Caymitte llegó a la Argentina en enero de 2008 desde Haití por un engaño. Fue uno de los 26 de jóvenes estafados por una supuesta fundación que los traería con el objetivo de estudiar en la ciudad de Rosario. Cuando llegó, esas esperanzas quedaron truncas y el dinero invertido no se podía recuperar.
Pero cuando Gérard armó sus valijas no sabía todo esto. La elección del objeto estuvo signada por las expectativas. “Supe que iba a migrar al finalizar mi carrera de licenciatura en Trabajo Social en la facultad Ciencias Humanidades de la Universidad Estatal de Haití. Pensaba en hacer una especialización o maestría y luego regresar para ayudar a mi pueblo y a todas las personas que necesitan ayuda”, cuenta. En ese momento, “uno de los objetos que rápidamente vino a mi mente para traer fue un adorno artesanal local. Culturalmente sentí que tenía que llevar algo representativo al arte haitiano. Traje un portalápiz que me podía servir en mi escritorio”.

“Pasando los días me encariñé con el país que me cobijó y ese objeto ha tomado más valor para mí, pues me acerca a mis raíces. A la vez me suma un gran desafío en cuanto a la concretización de tener un escritorio personal siendo inmigrante”.
Pero aun cuando no sabía cómo terminaría ese viaje, si tuviera que volver a elegir, afirma, volvería a traer el mismo objeto consigo. “Es un estímulo para lograr mi sueño, que era venir a estudiar y recibirme”. También “un recordatorio de mi país, de su arte y su cultura. Es un símbolo de resiliencia y un sueño que está a punto de llevar a efecto”, comenta. “Jamás pensé que ese elemento iba a estar tan presente en una nota periodística…”.

Algunos de esos objetivos encontraron un escritorio: además de licenciado en Trabajo Social Gérard se recibió de periodista en Argentina, y es docente del taller de kreyol y cultura haitiana en la facultad de artes y humanidades de la Universidad Nacional de Rosario.