Agustina Bordigoni
El juego es uno de los primeros objetivos del conflicto armado, pero también uno de los últimos derechos que niñas y niños quieren perder. Por eso, la escena que se pudo ver por estos días en un video viral que reprodujo el diario británico The Times –en el que aparentemente se ve a una niña columpiándose cerca del estrecho de Ormuz, con la guerra en Irán como trasfondo– es una imagen impactante, pero común.
Un estudio titulado “Juegos infantiles a la sombra de la guerra” (Daniel Feldman, 2019) lo resume de la siguiente manera: “Aunque el juego es suprimido durante la guerra, aquellos que logran jugar –en cualquiera de sus formas– convierten el juego en un modo de pensamiento que busca imponer un orden infantil sobre circunstancias caóticas y peligrosas”. Un orden infantil al desorden de los adultos.
El video, que también compartieron medios locales, es el símbolo de la resistencia. “Se juega a pesar de todo. El juego no es solo entretenimiento, es una función psíquica central en la infancia”, explica a Aldea Global Sonia Almada, psicóloga especialista en infancias y fundadora de Aralma, una asociación que se dedica a la defensa de los derechos de bebés, niñas, niños, adolescentes y personas adultas sobrevivientes de violencias padecidas en la infancia. “Desde las primeras culturas, incluso en contextos de alta vulnerabilidad, guerra o desamparo, los niños y niñas han buscado la forma de jugar a algo, a lo que sea”.
Aun así, el juego infantil, señala el estudio citado, es “la víctima desatendida de la guerra”. Pese a su relevancia, son pocos los que se han dedicado a entender estas circunstancias. Cuando un niño juega, continúa Almada, “va construyendo escenas donde puede tramitar lo que le pasa, lo que no entiende. Pone en juego lo que lo angustia”. El juego es, resume, “el lenguaje primordial” de las infancias. “Las imágenes de niños y niñas jugando en zonas de guerra expone una operación psíquica de supervivencia. Es el psiquismo infantil en pugna contra la fragmentación, incluso donde todo empuja a su anulación”, detalla.
El estudio de Feldman basa sus conclusiones en el desarrollo de los juegos infantiles durante la guerra en Siria. Incluso antes de que las hostilidades alcancen su punto máximo, afirma, las familias se apresuran a restringir los espacios de juego cotidianos. “La seguridad básica, obviamente, tiene prioridad sobre la actividad recreativa”. Pero los niños no lo ven de igual manera: para ellos el juego es fundamental e incluso perseveran en conservarlo, aunque ello ponga en riesgo sus vidas, destaca el autor.
Hay otro factor que no debería obviarse: cuando la guerra se vuelve cotidiana, la vida sigue bajo esa nueva “normalidad”. “La guerra forma el trasfondo de desarrollo para millones de niños alrededor del mundo que crecen en zonas de hostilidad incesante”, advierte Feldman. Más de 520 millones de niñas y niños viven en zonas de conflicto, según la última información brindada por la organización Save The Children.
Jouni Shabbo tenía 14 años cuando, en el año 2017, dejó Siria y se radicó en San Luis, Argentina. Desde esa edad comprendió que, en contextos de guerra, la vida se mide día por día. Al principio del conflicto, cuenta, abandonó la escuela. “Mi mamá tenía miedo, la escuela era un poco lejos de casa y, como todo era nuevo, no sabíamos cómo afrontarlo”. Pero a medida que el tiempo pasaba las cosas fueron cambiando. “Yo pensaba: ‘Si estoy en casa capaz que cae una bomba y me mata, y si estoy en la escuela capaz que cae una bomba y me mata también. O quizás estoy en la escuela y cae una bomba en mi casa y yo me salvo. Son muchos los cuestionamientos. Al final te preguntás: ‘¿Qué hago?’ La respuesta es que hay que vivir”.
En 2015, dos años antes de ese viaje de la familia Shabbo, un grupo de jóvenes voluntarios crearon en ese país “Tierra de la Infancia”, un parque subterráneo al que se accedía a través de sótanos conectados por túneles iluminados y decorados con juguetes. El objetivo, que nada tuvieran que ver con una vía de escape y se parecieran más a la entrada a un sitio seguro. Más de 200 niños, según relata una nota de Unicef, lo visitaban a diario en 2016.
Este espacio, opina Feldman, es el reflejo de una realidad cruel y devastadora: “Después de años de conflicto en escalada, el juego infantil en Siria ha sido empujado bajo la tierra”.
La expresión, tan literal y metafórica, se refleja como un espejo invertido en el video que The Times decidió replicar: con “la niña del columpio”, como muchos decidieron llamarla, se ve el intento de la realidad –confinada a los subsuelos– de salir a la superficie.
