Por Agustina Bordigoni
Siempre me confundieron con mi hermana. Conocidos no tan conocidos solían intercambiar nuestros nombres. Lamento no haber aprovechado ese embrollo para cometer alguna travesura. Tan correctas –yo, ambas–. De nada había servido, llegando hasta acá, tanta corrección. Siempre fuimos muy distintas. Siempre tuvimos la misma voz. Una vez, incluso, nuestra abuela estuvo más de media hora hablando por teléfono con una de las dos sin saber con quién se comunicaba. Por vergüenza o por presunción nunca lo preguntó. Continuó con una conversación genérica, hasta que la duda llegó: “¿sabés con cuál de tus dos nietas estás hablando?”. “No”, admitió ella entre risas.
Algunos dicen que nuestra voz se parece a la de mamá. Eso sería una bendición, su voz es una de las cosas que más se extraña. Para ella éramos sus hijas por igual… tan diferentes. Pero eso ya no importa. Nada importa. Para ellos somos todas igualmente extranjeras de distintos países. Como en la conversación con mi abuela, el origen da igual. A diferencia de esa conversación, no hay oportunidad ni una abuela para averiguar si saben con quién están hablando.
Siempre fuimos diferentes. Misma altura, misma inseguridad y timidez, ropa y actitud casi opuestas. Quienes nos confundían nunca lo notaron. Nunca repararon en nosotras, quizás. Quienes nos conocen y nos quieren, en cambio, nos desconocen como “dos gotas de agua”.
Después de los controles invisibles no me dejaron pasar. Seguramente a mi hermana tampoco se lo permitirían. La segunda gota no cae lejos del vaso.
Un informe de la Fundación porCausa titulado “Fronteras inteligentes, democracias negligentes” repasa el cambio en los controles migratorios en Europa: los sesgos se automatizaron y a los controles humanos, las vallas y los muros, los reemplaza un algoritmo.
“Entre septiembre de 2016 y agosto de 2019, un consorcio de compañías, centros de investigación e instituciones públicas con base en la Unión Europea desarrollaron el proyecto iBorderCtrl. Este esfuerzo tecnológico, financiado por la Comisión Europea, tenía como objetivo analizar microexpresiones faciales para evaluar la veracidad de las declaraciones de quienes pretenden acceder a territorio comunitario”, explican en la introducción. El programa, criticado por organizaciones académicas y de derechos humanos, fue declarado por quienes lo llevaban adelante como “un éxito y un modelo para el futuro de la gestión fronteriza”. Los algoritmos y la Inteligencia Artificial “han llegado al mundo de las políticas migratorias acompañadas de una promesa de modernidad”, afirman los investigadores y especialistas en temas migratorios. “Se trataba de hacer más eficiente la gestión de la movilidad de personas y aportar objetividad allí donde el juicio humano es limitado o sesgado”, explican. Aunque también advierten que estos sistemas reproducen los sesgos que ya existen fuera de ellos. El objetivo de estas herramientas es vigilar, clasificar y filtrar.
Esas “fronteras inteligentes”, detallan en el estudio, se nutren de instrumentos como radares, sensores térmicos, cámaras de reconocimiento facial y bases de datos biométricas capaces de almacenar la identidad de millones de personas. El problema principal se presenta porque la decisión pública se traslada al algoritmo: “esta responsabilidad se diluye y el poder se vuelve invisible”. Entonces, concluyen, “la inteligencia de la frontera termina siendo la negligencia de la política”.
La propuesta del estudio no es, sin embargo, abandonar los avances tecnológicos sino aprovecharlos mejor. “La tecnología puede servir a la democracia solo si la democracia conserva la capacidad de decir ‘no’ y ‘cómo’”.
Mi hermana y yo tenemos identidades diferentes, pero en términos generales decimos la verdad. Eso tampoco importa. ¿A quién podría reclamarle ante una falla del algoritmo?
El algoritmo no diferencia, no escucha. El algoritmo no interactúa: calcula y responde en búsqueda de la razón. Casi como cualquier ser humano en alguna red social.