Por Agustina Bordigoni
El mismo medicamento puede tener nombres distintos en diferentes países, incluso cuando todos hablen el mismo idioma. Esa puede ser una traba para la continuidad de los tratamientos de las personas migrantes que, hasta que logran encontrar a un médico de confianza, no pueden adquirirlos. Por experiencia personal y profesional a Luis Jiménez, médico e investigador, se le ocurrió tratar de compensar estas pérdidas para que tengan el menor impacto posible. “Una persona cuando migra se lleva consigo sus enfermedades. No deja de ser diabético, no deja de ser hipertenso, no puede dejar de convulsionar”, resalta. De acuerdo al diagnóstico, ofrece a sus pacientes alternativas sobre el nombre de los medicamentos y los lugares a los que pueden asistir “para que resulten más económicos”. Lo hace a través de consultas online, con una tarifa que asegura es adaptada a las posibilidades de las personas que lo contactan. “Lo primero que les pregunto es en qué país están. Entonces busco los lugares a los que pueden asistir y que resulten más económicos, es en definitiva una personalización de los casos”, afirma.
“Esto se fue perfeccionando con el tiempo y pude entender que, de alguna u otra manera, comenzando por el caso venezolano, (luego tuve pacientes de otras latitudes) una de las principales necesidades que no se ha cubierto de manera real es la empatía por parte del servicio médico”.

Especificidades en el acceso a la salud de la población migrante
“En general el sentimiento de soledad y aislamiento es el más común en las personas migrantes. Ya de por sí hay que sumar esa gran barrera. Por ahí el médico no te mira, se empobrece la comunicación con una persona que, además de tener una enfermedad, tuvo que emigrar. Aunque hablemos el mismo idioma no necesariamente nos vamos a entender, el lenguaje técnico es diferente y el agotamiento y el estrés son una mala combinación”, asegura.
Eso puede ser diferente, “cuando pasaste por esa experiencia puedes entender la ansiedad, la angustia, el miedo y la desorientación”. El apoyo emocional “permite un mejor diagnóstico, porque las personas van a ser más sinceras y abiertas” al contar lo que les sucede.
“He recibido pacientes de diferentes países y las enfermedades son muy similares. Generalmente el tema más difícil de tratar son temas como infecciones, porque los medicamentos pueden cambiar el nombre. En medicina sabemos el nombre de la molécula. Lo que hago es buscarla y les sugiero que la compren por el nombre que tienen en el lugar de destino”.
“Muchos se fueron de sus países con cuadros que abandonan y no tienen el dinero para ir a un servicio asistencial privado, que no es barato”.
“Hay que recordar que normalmente la persona que migra pasa por un gran proceso de duelo. Puede pasar por un gran proceso de depresión, angustia y ansiedad y hay que ser minucioso, hacer preguntas incisivas y ver la expresión facial de los pacientes”.
Como neurólogo agrega que “normalmente el proceso migratorio como proceso cerebral es individual. Siempre hay que entender que el proceso tiene sus propias características, que no es un duelo cualquiera porque su propia génesis está en el hecho de que tuvo que ser forzada. Pero el cerebro sigue siendo cerebro, puede tener una enfermedad previa y esto lo incrementa. Muchas veces lo podemos confundir. Por eso cuando se habla con un paciente hay que hacer preguntas sencillas, claras”. Lo importante es hacer un buen diagnóstico que contemple las particularidades que la persona está atravesando en ese momento.
Otra cosa fundamental, agrega, “es no minimizar al paciente y decirle que lo que le sucede es porque está deprimido o triste. El cuerpo tiene grandes herramientas y debemos introducir esos conocimientos de manera clara para que las personas no se sientan desvalidas, que eso es algo muy importante”.
“En Latinoamérica en la parte de salud siguen existiendo los mismos problemas: el principal es que los profesionales no sabemos comunicarnos”, concluyó.