Por Agustina Bordigoni
Con este nombre, pensó José, no podía aspirar a quedarme. Le habían notificado de la decisión inapelable esa misma semana. No había tiempo de despedirse. No suficiente. Saber que quedan dos días es ciertamente un privilegio comparado con quienes nunca llegan a saberlo. Pero arrancar, aunque sea con aviso, sigue siendo arrancar.
Había soñado muchas veces con los papeles… claro que no con esos. Los que llegaron de migraciones eran resolución tomada: debía dejar Londres en la mañana del jueves. Ni un fin de semana completo para recorrer lugares que quedaran grabados en la memoria. El recuerdo final sería amargo.
Del otro lado, alguien a quien no conocía, tomaría su lugar. ¿Querría hacerlo? ¿Compraría en los mismos lugares? ¿Haría amistad con las mismas personas? ¿Buscaría trabajo? ¿Soñaría con estar allí? A nadie le importa, se respondió.
A él sí. A él le importaba. Pero en las decisiones nunca participan los interesados. A lo sumo alguien más saldría a defender sus derechos. Será convencido, por algo que leyó de un autor estudioso y desconocedor del tema. No le preguntaron. Nadie le preguntó. Luego de ese día sería uno más de los tantos que pasaron por las mismas calles. ¿Podría volver?
Del otro lado estaba Clarisa. Debía viajar el mismo día. ¿Se cruzaría con José? ¿Quién era José? Ella sabía que existía un tal con el que intercambiarían lugares, pero no su nombre. Nadie tiene nombre en los intercambios. Estaba contenta, era joven, dispuesta a cualquier novedad. Hubiera preferido no ser objeto de una conversación ajena, pero como no tenía otra alternativa lo aceptó.
Cuando el primer ministro británico, Keir Starmer, y el presidente francés, Emmanuel Macron, estrecharon sus manos este año no pensaron en estas historias, sino en una “solución” justa para todos. O para ellos dos. Al menos, en las noticias no se conocieron más identidades que las suyas.
En julio el gobierno británico y el francés acordaron un sistema de “repatriación mutua” con el objetivo de “reducir el número de pequeñas embarcaciones que cruzan el Canal de la Mancha”, informó el medio DW.
“A cambio de enviar a Francia a una persona migrante, Londres aceptará un solicitante de asilo de territorio francés”, explica la nota. La ministra británica de Interior, Yvette Cooper, calificó el acuerdo de «innovador».
En el aeropuerto nunca se cruzaron. Siguieron sus caminos anónimos para el mundo y entre sí. José intenta aprender el idioma mientras espera los papeles en París. Clarisa ya está instalada en Londres.