Por Agustina Bordigoni
Para la científica social Doreen Massey, las identidades, los sujetos y los espacios no preexisten: se van construyendo a partir de las relaciones con otros sujetos y con otros espacios. “El espacio no es estático y el tiempo no es espacial. De hecho, la espacialidad y la temporalidad son diferentes, pero ninguna puede ser conceptualizada como la negación de la otra”, escribía en 1992.
María Eugenia Flores, que emigró de Buenos Aires a San Luis hace dieciséis años con su familia, es un buen ejemplo de esta teoría en la vida cotidiana, en la práctica. “Lo que me asombra es que acá recorrés muchos kilómetros en muy poco tiempo, nada que ver con Buenos Aires, donde a veces para hacer 30 kilómetros perdés dos horas”, cuenta a Aldea Global.
Desde entonces, tal vez, fue más consciente de que las distancias se cuentan más en tiempo que en trayectos físicos. “Al llegar a San Luis nos encontramos con una provincia muy tranquila, con sus ritmos a los que nos costó adaptarnos ya que en Buenos Aires trabajábamos de 8 a 20 y los fines de semana hacíamos eventos en donde no teníamos horarios”, explica.



Para ella, las distancias también se pueden dimensionar por las ausencias: “Lo que más costó fue tener a la familia lejos, pasar cumpleaños, reuniones, fiestas o despedidas sin estar presentes. Sobre todo cuando alguno de los abuelos se enferma y no podemos estar para asistirlos”.
Por lo demás el cambio fue rotundo y para bien. La lejanía con la ciudad de origen trajo como contrapartida un acercamiento con el origen de los humanos: la naturaleza. En San Luis María Eugenia continuó con el rubro al que se había dedicado en Buenos Aires, pero con los años el proyecto fue mutando y adaptándose a otro ritmo de vida. “Teníamos una empresa de eventos infantiles en Lanús Oeste. Vinimos a San Luis con esta misma propuesta y por suerte gustó mucho. De a poco voy dejando las animaciones (me cuesta mucho porque amo jugar con los niños) e inauguré un salón multiespacio con juegos y una granjita educativa donde los chicos aprenden, tocan y le dan de comer a los animales. Es un lugar diferente rodeado de naturaleza”.

“La gente es súper amable y cariñosa. Conocí a muchas personas: algunas muy buenas, otras no tanto, pero una va aprendiendo con cada experiencia. Elegimos Los Molles porque queríamos vivir en el campo y tener animales. Vivir al pie de las sierras es un sueño: cada día descubrís un paisaje nuevo. Aunque se sigue extrañando a la familia que está lejos, creo que tomamos la mejor decisión”.
El escenario no era en ese momento tanto el de la naturaleza sino el de la necesidad de paz. “Tomamos la decisión después de varios robos, el último fue con tiros. Imaginate el miedo que teníamos de que les pasara algo a los niños”, explica. “Había una sensación extraña: por un lado queríamos un lugar mejor para vivir y por el otro nos dolía dejar a nuestras familias”.
Con el cambio de espacio otras cosas se modificaron también. “Cambiamos la mentalidad de vivir a la defensiva, de mirar a todos lados por miedo a que te roben. Yo seguí haciendo lo mismo que hacía en Buenos Aires, y a veces me doy el lujo de dormir siesta”, comenta sobre su vida en otra provincia. “La gente es diferente, es más tranquila, te ponés a charlar y se te pasa el tiempo volando, los niños juegan en la vereda, hay una paz muy grande”.
Retomando las ideas de Massey, el espacio existe, se mueve y se crea. Depende de las experiencias y se mide en base a ellas. Para Eugenia San Luis se convirtió, describe, en su lugar en el mundo. “Vivir rodeada de animales era lo que quería, disfrutar de la naturaleza es increíble. Solo volvería a Buenos Aires por fuerza mayor”.