Agustina Bordigoni
La mayoría de los migrantes montenegrinos en Argentina llegó cuando el actual territorio de su país era un reino. Por lo tanto, no fueron testigos presenciales de la disolución de la antigua Yugoslavia, y mucho menos de su posterior separación de Serbia Montenegro e independencia, que ocurrió en 2006. Muchos dejaron un territorio que, al menos en los papeles, ya no existe como tal, y cuya historia, a la distancia, es más difícil de reconstruir.
Juan Vladimir Martinovich es artista visual y uno de los descendientes montenegrinos que habitan en la Argentina: no existe un registro confiable, pero se estima que son entre 60.000 y 80.000.
Como muchos descendientes de los inmigrantes que llegaron desde el actual territorio de Montenegro, Juan nació en Chaco. Bisnieto de Niko Martinovic (primo del Rey Nikola I Petrovic Njegos) y nieto de un oficial de la Guardia Real que debió huir de Montenegro por motivos políticos en 1922, se convirtió en un defensor de la cultura montenegrina en Argentina y es uno de los fundadores de la Comunidad Montenegrina de Buenos Aires.
“Los datos más antiguos sobre la llegada de inmigrantes montenegrinos se remontan a principios del siglo XIX. Por ejemplo, la familia Damianovich que se radicó en la provincia de Entre Ríos. A fines del mismo siglo comenzó a intensificarse el arribo de inmigrantes montenegrinos al territorio argentino y se profundizó con la Primera Guerra Mundial debido a las consecuencias del conflicto que, a su vez, se vieron agravadas por los problemas políticos desatados luego de la caída del Rey Nikola I Petrovic Njegos. La mayoría tuvo que adaptarse a las necesidades de esta nueva tierra, por lo que se dedicaron principalmente a la agricultura”, explica Juan en diálogo con Aldea Global.

Imagen de Niko Jovov Martinovic, por Juan Vladimir Martinovich
-Una gran parte de esos primeros migrantes se instaló en Chaco, ¿por qué Chaco?
– En ese momento gran cantidad de inmigrantes se establecieron en la provincia del Chaco, a mi entender debido a diversas causas: Chaco era un territorio federal, aun no era una provincia, con poca población y grandes extensiones de tierra aptas para el cultivo, quizás las políticas inmigratorias del momento favorecían la radicación de inmigrantes particularmente en el centro de la provincia. Prueba de ello es el establecimiento de gran cantidad de familias de origen eslavo (croatas, montenegrinos, checos, eslovacos, búlgaros, etc.), mientras que en Resistencia ya se encontraban los italianos y españoles. En cuanto a los montenegrinos, muchos acudían buscando a sus paisanos radicados previamente en la región.
Personalmente creo que esta inmigración eslava que venía huyendo de la guerra, el hambre, y que solo buscaba paz y trabajo, con una cultura tan distinta, sin entender el idioma, podría adaptarse a una región tan inhóspita y con la presencia de tribus autóctonas que veían la presencia de estos nuevos pobladores como una amenaza.
Por otro lado, hubo una gran cantidad de montenegrinos radicados en la provincia de Buenos Aires. En Tandil se establecieron “los picapedreros”: así llamaban a los montenegrinos que trabajaban la piedra, uno de los oficios más difundidos en su tierra. También se radicaron en el sur de Santa Fe, en menor número en Córdoba, y otra región en la que se encuentran muchos descendientes montenegrinos es en el sur argentino, especialmente en Santa Cruz y en Ushuaia, Tierra del Fuego.
La mayoría se establecía primero en el Gran Buenos Aires, principalmente en Dock Sud, y de ahí iban eligiendo nuevos destinos a medida que ubicaban a familiares, amigos o conocidos de sus aldeas en Montenegro.
Toda la inmigración montenegrina tiene características similares: en primer lugar, el amor a su tierra, el interés por preservar su cultura: idioma, comidas, música. Un profundo orgullo por su historia y una gran nostalgia.
Lamentablemente con el paso del tiempo esto se va extinguiendo, las generaciones van perdiendo la conexión con sus raíces a causa del desconocimiento y la falta de motivación.







-¿Es importante la cantidad de población de Montenegro que emigró? ¿Cuáles fueron los principales países de destino?
En la actualidad hay más montenegrinos y descendientes por el mundo que en el propio Montenegro. La población es de un poco más de 600.000 habitantes. Los países donde se encuentra la mayor cantidad de emigrantes son: Serbia, Alemania, EEUU, Argentina (esta posee en la actualidad la inmigración montenegrina más antigua), Croacia y Bosnia, entre otros.
-Junto con la migración, ¿han llegado a la Argentina platos típicos, música, algunas costumbres?
Los montenegrinos trajeron sus costumbres y estas se mantuvieron con fuerza hasta la segunda generación de descendientes, luego se fueron perdiendo. Entre sus platos típicos se destacan la carne ahumada, que se hacía durante el invierno y se consumía seca, y el jamón ahumado, que podía ser de vaca, cerdo o cordero. También el “Pasulj” una especie de sopa espesa de porotos con salchicha ahumada. “Cevapi” son unas salchichas de carne de cerdo acompañadas con papas fritas y “preganice” una especie de buñuelos con levadura que se comen con miel y queso crema.
Era muy común escuchar el sonido del “gusle” un instrumento musical con una sola cuerda, que acompañaba relatos épicos cantados que servían para transmitir la historia a través de generaciones.
El pueblo montenegrino era muy creyente, profesan la religión cristiana ortodoxa y, hasta la crisis de 1918, contaba con su iglesia autocéfala. Las costumbres ligadas a la religión se mantuvieron presentes particularmente en los momentos trascendentales de la vida como el nacimiento, a través del bautismo y la confirmación, los casamientos según el rito ortodoxo y el acompañamiento en el momento de la muerte, particularmente la celebración de los 40 días.
-¿Qué rol juega la asociación que crearon en el rescate de esa historia? ¿Qué actividades realizan?
Nuestra asociación es muy joven, se fundó el 30 de marzo de 2016, el año que viene cumplimos los primeros 10 años. La creamos nueve descendientes de inmigrantes montenegrinos que consideramos importante contar con una institución que se dedicara a mantener viva la memoria de nuestros antepasados y que, a través de diferentes actividades, pudiera fortalecer los vínculos con la Madre Patria. Es la primera asociación fundada en Argentina, según las leyes vigentes, luego de la reindependencia de Montenegro en 2006, a través de un referéndum pacífico, cuando se desvinculó de Serbia. Fue el último estado en separarse después de la disolución de Yugoslavia (Confederación de los eslavos del sur).
Las actividades que realiza la institución se centran en la difusión de la cultura, la historia de Montenegro y la promoción turística. Aún no contamos con una sede que nos permita desarrollar los proyectos establecidos, así que por el momento nos concentramos en participar en las actividades promovidas por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a través de la Dirección de Colectividades.
En nuestra página de internet tenemos abierto un registro para que puedan ingresar sus datos los descendientes montenegrinos de Argentina, con el fin de realizar un censo para ubicar cómo se distribuyen los apellidos en las distintas provincias, y así contar con información para ubicar a familiares que buscan desde Montenegro o viceversa. Es un trámite muy fácil a través de un formulario de Google donde no se comparten datos sensibles, simplemente lugar de residencia y la procedencia de los antepasados que migraron a Argentina. También tienen la posibilidad de asociarse a nuestra institución de manera gratuita. Queremos ofrecer la posibilidad de conocernos, de compartir información y de acercarnos a nuestros orígenes.
En nuestra página los descendientes montenegrinos pueden participar de un proyecto donde pueden promocionar gratuitamente sus servicios profesionales, o comerciales, con el fin de darse a conocer, una manera de visibilizarnos y formar una red de contención entre los miembros de la colectividad.
Es una tarea muy difícil, porque para comprender la situación de los descendientes montenegrinos de Argentina: debemos entender la situación política y social que atravesó Montenegro a lo largo de estos últimos 100 años. La mayoría de los montenegrinos que migraron a Argentina venían del Reino de Montenegro y conservaron las costumbres de aquella época; estuvieron ajenos a los cambios sufridos durante el s XX: la conformación del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, luego Yugoslavia, Serbia y Montenegro. Durante todo ese tiempo casi no tuvieron relación formal con Montenegro como diáspora. Esto trajo confusión en las generaciones sucesivas, a tal punto que hoy muchos se consideran yugoslavos (algo que ya no existe), desconociendo su verdadero origen.
Los inmigrantes ya no están, sus hijos son pocos los que están vivos y son mayores, los nietos desconocen el idioma y muchas costumbres debido a que se encuentran inmerso es esta sociedad multicultural argentina. Por esta razón creemos indispensable la presencia de una entidad como la nuestra que proponga un acercamiento al conocimiento de las raíces de tantos descendientes montenegrinos de Argentina.
-¿Cuál es su historia personal, la que lo motivó a formar esta asociación e intentar preservar las raíces?
-Soy argentino, mi abuelo paterno Savo Martinovic nació en Cetinje, capital real de Montenegro. Mi abuela paterna también era de familia montenegrina (Roganovic – Nikolic), pero nació en la provincia de Buenos Aires. De parte de mi madre mi abuelo Ivan Vrdoljak también era inmigrante, pero nacido en Dalmacia (Croacia) y mi abuela materna hija de inmigrantes dálmatas (Vierkovic – Damianic) nacida en el sur de Santa Fe (Villa Mugueta).
Mi abuelo montenegrino llegó al país en 1922, tuvo que emigrar por problemas políticos. Mi bisabuelo Niko Martinovic era primo hermano del Rey Nikola I Petrovic Njegos, sus madres eran hermanas, ambas también de apellido Martinovic.
Mi abuelo era oficial de la Guardia Real y participó del Levantamiento de 1918 en defensa de la autoridad del Rey, por esta razón fue perseguido y sentenciado a muerte. La amnistía decretada por las tropas de ocupación serbias lo encontró en un hospital recuperándose de una herida de bala, pero su vida seguía en peligro. Logró llegar al sur de Montenegro donde una embarcación enviada por la Reina Elena de Italia (su prima), hija del Rey Nikola, los esperaba para llevar a un grupo de soldados de la resistencia montenegrina, a Gaeta, Italia. La política de los invasores serbios era separar a las familias de aquellos que pudieran representar una amenaza a los planes de unificación. Por esta razón permitían el regreso a Montenegro de algunos de sus integrantes, mientras que otros eran obligados al destierro. Mi abuelo, junto a un hermano y una hermana tuvieron que decidir un lugar para emigrar, en ese momento las opciones eran los EEUU o Argentina, donde había emigrantes montenegrinos ya establecidos. Arribaron a Argentina junto a un grupo de soldados montenegrinos liderados por el jefe de la resistencia montenegrina Krsto Popovic.
Mi abuelo se estableció en Dock Sud, trabajó en la construcción de casas de madera típicas de esa zona ribereña de la capital. Buscó una montenegrina para formar una familia y se casó con mi abuela a quien le llevaba casi el doble de edad. Tuvieron cinco hijos, tres mientras vivían en Buenos Aires, y dos nacieron en la provincia de Chaco. Cuando mi padre era aún niño se radicaron temporalmente en Palma Sola, un paraje cercano a Clorinda en Formosa, donde mi abuelo se dedicó a la agricultura. Pero finalmente decidieron mudarse al Chaco lugar en el que se encontraba una importante colonia de montenegrinos en el centro de la provincia.


Cabe destacar que cerca de la segunda ciudad del Chaco, Presidencia Roque Sáenz Peña, fundaron la colonia “La Montenegrina”, único lugar en el mundo con ese nombre fuera de Montenegro. Un lugar que hoy conserva el primer club (“Durmitor”) creado en 1917 por un grupo de montenegrinos y donde se encuentra un cementerio donde descansan los restos de los montenegrinos de la zona y sus descendientes.
Mi abuelo se radicó en la ciudad de Quitilipi y fue dueño del hotel “El Adriático”, histórico lugar que funcionaba como una antigua estación de ómnibus.
Nunca pudo volver a su patria, a la que amó y por la que sintió una profunda nostalgia hasta el fin de sus días. Decía que solo regresaría si pudiera ir con toda su familia, algo imposible para la época. Según sus hijos solo se comunicaba por carta con su familia, y generalmente las misivas eran portadoras de malas noticias.
Cuentan que cuando veían la carta en montenegrino y con una cinta negra todos se imaginaban el contenido. Él las tomaba y se iba solo al monte para leerlas, como tratando de preservarlos del dolor que vivía en soledad.
Mi abuelo murió a los 82 años, cuando yo tenía 11 años. Guardo recuerdos de mi niñez cuando por las tardes lo esperábamos con mi hermano menor, porque venía todos los días a visitarnos. Siempre con su camisa clara impecable, su olor a perfume, su bastón, su figura imponente, acomodado en su silla viendo pasar a la gente por la vereda y nosotros a su lado, como partícipes de ese tierno ritual.

Emigrante montenegrino que, desde el marco antiguo de un cuadro, vestido con su traje típico, recuerda su patria. Su rostro se trasparenta en los colores de la bandera argentina. Por Juan Vladimir Martinovich.
De la familia de Montenegro no conocíamos nada, solo sabíamos que mi abuelo tenía seis hermanos y cuatro o cinco hermanas, saber sobre las mujeres de la familia era más difícil porque es una costumbre montenegrina solo contemplar la presencia de los hombres en el árbol genealógico debido a que son los portadores del apellido.
Recién en 2012 se comunicó con nosotros un sobrino que vive en Barcelona, y que nos estaba buscando hacía tiempo. Veljko es bisnieto del hermano mayor de mi abuelo Savo. Gracias a la posibilidad de comunicarnos en español pudimos conocer el resto de la historia. En 2017 nos visitó en Argentina y en el mismo año realicé mi primer viaje a Montenegro invitado a participar de un evento artístico y para inaugurar mi exposición de pinturas con motivos montenegrinos, en Podgorica.
Pisar por primera vez Cetinje, la ciudad donde nació mi abuelo, fue como conocerla desde siempre, e inmediatamente quererla. Entendí tantas cosas que escuchaba de niño, no pude evitar recordar a mi familia, y comprender un poco más quién era, o mejor dicho, por qué soy así…
Conocí a gran parte de la familia, la casa donde nació y vivió mi abuelo, rostros y nombres que cobraban entidad y comenzaban a reconstruir esa parte desconocida de mi historia. Pude visitar las tumbas de mis bisabuelos y tatarabuelo, y lo más importante, tuve por primera vez la visión de “los que se quedaron”… Mis familiares contaban sobre la tristeza que experimentaban los hermanos que quedaron en Montenegro, sin saber mucho de aquellos que emigraron a una tierra próspera para tener un futuro mejor, y que nunca regresaron por ellos, contagiados quizás por el famoso clisé: “fueron a hacer la América”. Lejos estaban de la realidad, porque nunca imaginaron las penurias que tuvieron que vivir en un país extraño a miles de kilómetros de su tierra y de todo lo que conocían y querían. Desconociendo su idioma, costumbres y en medio de un monte indómito tan distinto a sus montañas negras y su mar Adriático. Porque cuando se es migrante a la fuerza, nada puede aplacar esa nostalgia.
Ese reencuentro fue como el principio de una reconciliación, el momento de sanar heridas y de aceptar el destino. Porque ese es otro rasgo importante del ser montenegrino, la capacidad de resiliencia. Mi abuelo supo enfrentar las adversidades, encontró en su familia el refugio y el amor, una familia que formó a partir del ejemplo, educando a sus hijos en la honestidad, el respeto, el valor de la palabra y un profundo amor por Montenegro. Su legado sigue intacto y hoy sus 14 bisnietos saben de dónde vienen y en qué lugar están sus raíces.
Personalmente, desde mi profesión intento hacer conocer los paisajes, costumbres y la historia de Montenegro a través del lenguaje pictórico. En el mes de junio cumplí un sueño: presentar una exposición de pinturas en Cetinje (Montenegro) mostrando la vida de los inmigrantes montenegrinos del Chaco, denominada “Crnogorski Cako” (Chaco Montenegrino), una serie de 18 acuarelas que cuentan metafóricamente la vida de los montenegrinos chaqueños. La muestra cuenta con una referencia de textos y música del folklore montenegrino y música del noreste argentino editada especialmente para cada obra. Este proyecto contó con el auspicio de la Matica Crnogorska, una prestigiosa institución cultural de Montenegro y la Colectividad Montenegrina de Buenos Aires.


