Por Agustina Bordigoni
“Abrazarse después de una pelea”. Esa era una de las siete reglas que Lucía, madre de Max y Leo, dos niños de 8 y 5 años, les deja en la grabadora antes de salir a trabajar. Las otras seis incluían no salir del departamento en su ausencia, mantener el lugar limpio y cuidarse. Desde que emigraron desde México a los Estados Unidos solo se tienen ellos tres. Pero, para poder sobrevivir, Lucía tiene que dejarlos durante todo el día.
Las mujeres, como ella, representan la mitad de las personas migrantes, una cifra que fue creciendo exponencialmente en las últimas décadas. La primera dificultad que encuentra Lucía, como muchas personas en su situación, es conseguir un lugar para vivir: para alquilar hacen falta garantías o mucho dinero.
“Mi deseo es que Los Lobos funcione como testimonio de que, si bien no somos individuos perfectos, al menos somos auténticos, y que dicha autenticidad alberga bondad y esperanza”
Samuel Kishi Leopo (director)
Luego el protagonismo de la película pasa casi enteramente a Max y a Leo: solos frente a la ventana desde la mañana a la noche esperando el regreso de su mamá. Otras realidades que atraviesan a las personas que se ven forzadas a dejar su país de origen es que los más chicos tardan un tiempo –si es que pueden hacerlo– en incorporarse a la escuela. Según Unicef, entre el 10% y el 21% de los niños y niñas migrantes en América Latina emprendió su viaje sin uno o ambos de sus padres.
Si bien la historia de esta familia es particular, relata la de muchas: los problemas en el país de destino, sobre todo para una mujer que viaja sola, y la religión y las iglesias como refugio ante la falta de otro tipo de contención.
La película recorre realidades crudas con una ternura que las dota de humanidad. De abrazos que aparecen de manera inesperada.
Al fin y al cabo –y como en casi todos los dramas–, es posible encontrar maravillosos actos de solidaridad y bondad.