Por Agustina Bordigoni*
Alan Kurdi. Por él empezó todo. Los rescatistas que trabajan salvando vidas en el Mediterráneo comprendieron que no se trata de casos, sino de historias. De personas comunes viviendo situaciones fuera de lo común, de vidas que dieron un vuelco inesperado como podría pasarle a cualquiera.
La foto del niño de tres años que apareció en las costas de Turquía el 2 de septiembre de 2015 recorrió el mundo y fue tapa de prácticamente todos los diarios. Su caso mostraba la realidad de muchos refugiados que perdían –y siguen perdiendo– la vida en el mar. Según el Proyecto Migrantes Desaparecidos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 76.856 personas murieron o desaparecieron desde 2014 en el Mediterráneo.
Pasaron diez años de esa imagen que se viralizó con el hashtag #KiyiyaVuranInsanlik, cuya traducción sería “la humanidad que trajo la marea”.
Que era, en realidad, la imagen de la deshumanización con la que la mayoría de los países diseñan sus políticas migratorias.
Pero la marea no se llevó todo. Dejó importantes rastros de humanidad. Algunas ONG, como ProemAid, nacieron precisamente por la historia de este niño. Formada por profesionales especializados en situaciones de emergencia, la organización trabaja desde diciembre de 2015 en el sureste de la isla griega de Lesbos, y, desde septiembre de 2017, en el Mediterráneo Central. Los equipos, según explican en su página web, están formados por bomberos, buceadores, nadadores de rescate y sanitarios que rotan cada 15 días. Tiene varios proyectos en marcha: uno de rescate en el Mediterráneo, que lleva el nombre de Alan; y el proyecto “Agua”, que consiste en enseñar a nadar a las personas que llegaron a las costas europeas. La idea es, además, reconciliar a los niños con un mar en el que, probablemente, perdieron a parte de su familia. Esta última iniciativa, que se realiza todos los años, traspasó fronteras: muchas personas que son deportadas enseñan a otras a nadar en sus países de origen antes de intentar cruzar nuevamente esa peligrosa ruta.
“Muchas veces tratamos a estos colectivos con un paternalismo que genera una diferenciación de clases, de niveles. Creo que sería interesante hablar de estas personas como iguales, porque son iguales. No hablar de estas cuestiones desde el punto de vista norte-sur, sino desde un punto de vista horizontal. Desde el punto de vista de que entre todos tenemos que poner nuestro granito de arena para implementar el desarrollo de todos, porque vivimos en un mundo globalizado. Si queremos ser globales tenemos que ser consecuentes con lo que significa ser globales. Y ser globales significa que no hay norte y no hay sur, hay mundo”.
Belén Sánchez, prensa de ProemAid
La ONG Open Arms también comenzó sus tareas de rescate en 2015. “Todo empezó con unas fotos de niños ahogados en una playa. Pensamos: ‘si nosotros nos dedicamos al salvamento marítimo y lo hacemos en nuestras playas, ¿por qué allí se están muriendo y nadie les ayuda?’”, destacan en su web. En septiembre de ese año empezaron a trabajar en la costa norte de Lesbos a través de «rescates a nado, sin equipamiento, y a menudo obligados a usar las embarcaciones precarias en las que llegaban los refugiados». La primera donación llegó en 2016: fueron dos motos de agua. Ese mismo año, con el barco “Astral”, pudieron salvar la vida de 15 mil personas en los primeros cuatro meses de operación. “En 2016, el Golfo Azzurro, un barco pesquero reconvertido, logró salvar la vida de 6000 personas durante el primer semestre de 2017”, cuentan también.
Desde entonces realizan tareas no solamente en el Mediterráneo Central, sino también en los países de origen, para buscar alternativas a la migración forzada. En 2022 centraron gran parte de la ayuda en los refugiados de la guerra en Ucrania.
La ONG alemana Sea-Eye también se hizo eco de la historia de Alan. Fundada en 2015, la organización realiza operaciones de rescate en el Mediterráneo desde entonces. En su página web la asociación hace un recorrido por su historia. Recuerdan que, en 2018, “los políticos europeos se enfocaron en atacar a los rescatadores civiles en el mar. En lugar de discutir sobre derechos humanos e igualdad, Europa debatió sobre banderas y aprobaciones de barcos”. Las tareas para los rescatistas se hicieron cada vez más difíciles: en algunos casos fueron incluso denunciados y juzgados. Más recientemente países como Italia limitaron la cantidad de viajes de rescate autorizados, dejando de esa manera a cientos de embarcaciones precarias (en donde se traslada la mayoría de las personas refugiadas) a la deriva. Algo que muchas organizaciones consideran una forma –bastante cruel– de controlar las fronteras.

“A comienzos de 2019, Sea-Eye decidió dar un ejemplo y señalar a los responsables políticos europeos y al público lo que significa la política de fronteras cerradas de la Unión Europea para los familiares de cada una de las personas fallecidas. Para ello, recordó una historia individual simbólica: la de la familia Kurdi”, señalan desde la ONG.
La familia Kurdi huía de la guerra en Siria, que se desató en 2011. Tanto la madre como el hermano mayor de Alan, Ghalib, murieron en el trayecto que pretendían hacer hasta Grecia. Su padre, el único sobreviviente, fue el encargado de bautizar, en 2019, al barco de Sea-Eye con el nombre de su hijo menor.
Entre febrero de 2019 y julio de 2021, que fue el tiempo que la ONG logró conservar la embarcación y mantenerla operativa, el barco Alan Kurdi salvó la vida de 927 personas.
927 historias, al menos, fueron diferentes a la suya.
*Actualizado con datos de la OIM a septiembre de 2025.