Por Agustina Bordigoni
¿Tenemos suficientes policías para cubrir la zona? Pregunta la periodista de Canal N al ministro del Interior peruano, Vicente Tiburcio. De fondo, la imagen de un grupo de personas, valijas, y niños jugando. Resulta difícil imaginarlos como una amenaza, pero en los términos en los que el gobierno y los medios de comunicación –aun inconsciente o irreflexivamente– los presentan, lo son.
Hablaban del estado de emergencia declarado en Tacna ante la llegada de decenas de personas migrantes desde Chile. José Antonio Kast, favorito en las encuestas para ser el próximo presidente de ese país, prometió que, si gana el balotaje del 14 de diciembre, deportará a todos los migrantes que permanezcan en territorio chileno de manera irregular. Desde la campaña resta los días para que se retiren “por las buenas” (antes de su llegada al poder) o “por las malas y con lo puesto”, cosa que ocurriría una vez que asuma su mandato. Frente a esa promesa algunas personas decidieron volver a migrar o regresar a sus países de origen.
Pero lo que se presenta como “el momento más crítico” en estas fronteras –y una novedad– en realidad no lo es. O no todavía:
“Vamos a cazar migrantes”, se escuchaba a decir a los militares peruanos en esa misma frontera en un video publicado por la BBC hace dos años. El reportaje daba cuenta de una situación que ya llevaba bastante tiempo. Allí funcionarios afirmaban que Chile no puede trasladar “sus problemas” a Perú. Mientras tanto, los “problemas” caminaban sin respuesta: personas varadas que intentaban pasar a Perú para seguir hacia sus países de origen o que, ante la imposibilidad de cruzar el territorio, optaban por improvisar una vida en esos lugares. Improvisar una vida: algo que naturalizamos con una facilidad que tal vez sí no tenga precedentes.

Ya en ese momento, y mucho antes también, los medios hablaban de crisis migratoria, de una oleada de migrantes, de delincuencia, de ilegalidad. La población migrante en el mundo representa el 3,6% del total (era el 3,4% en 2015). Es difícil pensar que un porcentaje tan bajo se convierta en una “avalancha” o una gran crisis, a menos que se la presente como tal. Lo que es cierto es que en las últimas décadas cada vez más personas se vieron obligadas a emigrar por vías irregulares, una consecuencia directa del cierre de fronteras y de las políticas basadas únicamente en la seguridad (que también están en auge).
En ese video de hace dos años, los niños transitan entre carpas y campamentos que de refugio tienen muy poco. La imagen se repite, pero las preguntas nunca llegan: ¿Tenemos recursos suficientes para garantizarles sus derechos? ¿Tenemos suficiente corazón para cuestionarnos, siquiera, qué pasará con ellos?