Por Agustina Bordigoni
Pedirle a una persona que no imagine un elefante rosa termina alentándola a pensar en ese elefante. Es una de las frases que más leí cuando comencé a indagar y a especializarme en el tratamiento periodístico de las migraciones –en el porqué de nuestras visiones y en la forma más adecuada de acercarme al tema–. No soy afecta a utilizar en mis textos la primera persona, pero la situación lo amerita. De esa manera no me arrogo el crédito de lo que sigue y lo traslado a quienes me enseñaron tanto cuando yo pensé que estaba defendiendo una idea: la forma que hasta ese momento entendía como la adecuada para contar historias podía tener el efecto contrario al que quería lograr y a mis convicciones. Además, me permite ser autocrítica y compartir desde el aprendizaje más importante: el error.
Pero pasemos rápidamente a lo que estaba haciendo mal y a lo que entendí gracias a maestros y maestras que aportaron mucho a lo que sigo descubriendo. Abrí un blog en 2015 (y su página de Facebook) con el mismo nombre de esta web: Aldea Global. La primera foto que publiqué fue de una ONG que se dedica a ayudar a personas migrantes en el Mediterráneo: una embarcación precaria repleta de hombres, mujeres, niños y niñas y una descripción con los datos para colaborar con esta organización. Ahí la primera lección: mostrar la crueldad sin historias o sin nombres puede deshumanizar tanto como los números. Lo otro, que descubriría después, es el carácter asistencialista que eso puede adquirir si no está acompañado de contexto. Hasta ahí las intenciones eran buenas, pero no sabía cómo pasar esas intenciones a una acción efectiva. Quizás me movía la indignación.
La segunda llegó con violencia. En la publicación podían leerse comentarios como “Devuélvanlos a su país”, “Si tanto querés ayudarlos, llevalos a tu casa”, “Acá tenemos suficientes problemas como para traernos más”. No entendía tanta brutalidad. Llegaron incluso amenazas y mensajes insultantes por privado. ¿Cómo podía ser que, ante la tragedia observable, la reacción generalizada fuera la de responder como se responde a una invasión, a una amenaza? Segunda lección: no puedo cambiar la mirada sobre las migraciones contando las migraciones como tradicionalmente se han mostrado. Siempre se hizo así y las cosas no cambiaron. De hecho, la mirada de las migraciones nos ha llevado, en gran medida, a la realidad que vemos hoy. La mirada sobre las migraciones nos condujo, también, a no considerar a las personas migrantes para contar sus propias historias.
Pero, ¿de dónde viene esta lógica de pensamiento sobre las migraciones que, incluso cuando queremos oponernos a la xenofobia y a las políticas restrictivas, todos utilizamos?
Llegó la tercera lección (y una muy importante). Nuestra idea de las migraciones –y la separación mental que tanto migrantes como nacionales hacemos entre “ellos” y “nosotros”– es tan antigua como la historia de nuestros países. Lo entendí leyendo a diferentes autores recomendados por un gran equipo de docentes del posgrado de Migraciones, géneros y desigualdades de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).
Las migraciones anteceden al Estado‑Nación, pero suelen ser representadas como un conflicto, un problema o –en el mejor de los casos– una excepción. Por eso, es frecuente leer o escuchar en las coberturas mediáticas términos como “ilegal” o “crisis”, que construyen al migrante como una figura problemática dentro de una idea de “otredad”.
En el trabajo en el que proponen nuevas narrativas periodísticas sobre las migraciones, Rodríguez-Alarcón y Velasco (2020) definen el actual marco conceptual de los medios como uno en el que se distinguen dos grandes posiciones: la que se articula en base a la idea de la migración como amenaza a los territorios y a la identidad “manejando conceptos de invasión, peligro y despertando sensaciones de alarma y de miedo”; y la de “caridad y Derechos Humanos”, que representa al migrante “como un agente vulnerable que necesita apoyo y ayuda”.
Configuran las dos caras del mismo marco narrativo, “siendo una reacción de la otra, basadas en la excepcionalidad, la antinaturalidad y la falta de legitimidad. La construcción del migrante posee tintes diferentes en cada perspectiva, pero ambas refuerzan su otredad”, explican. Esas posturas encasillan al migranteen la categoría de un “otro” diferente. “Ese ‘otro’ es definido como un sujeto sin nombre, sin pasado ni futuro, vulnerable, víctima, amenaza, alguien a quien por un lado rechazamos, excluimos u obviamos y, por otro, infantilizamos y revictimizamos”.
“Ya no es necesario acudir a espacios reaccionarios y antimigratorios para encontrarse con discursos próximos al miedo y al rechazo de la migración”. Vaya si comprendí al estudiarlos de dónde venía el error de aquella primera publicación.
La obra de Abdelmalek Sayad sobre el orden nacional y su relación con la inmigración puede ser un punto de partida para comprender estos marcos. Sandra Gil Araujo señala que, si bien “gran parte de los análisis sobre migraciones y las políticas migratorias tienden a tomar la existencia de los Estados-Nación como algo dado y natural”, Abdelmalek Sayad “insiste en la imperiosa necesidad de reflexionar sobre la relación entre migración, orden nacional y pensamiento de Estado”. Es a través del Estado que los inmigrantes “pasan a existir jurídica y socialmente como tales”. Sayad señala que tanto el orden de la inmigración como el de la emigración están ligados al orden nacional.
Avallone y Molinero Gerbeau (2021) por su parte agregan que, así como el Estado produce las categorías para entender las migraciones, también las preguntas que se plantean sobre estos procesos son preguntas de Estado. “Las migraciones se observan y se estudian desde el punto de vista del Estado y, principalmente, desde el Estado de destino”. Así, “saber quién viene, cómo viene y por qué viene son preguntas que le interesan saber al Estado, pues le importan para ejercer un control destinado a perpetuar y legitimar su existencia”. Los análisis basados en la distinción entre “migrantes económicos”, “migrantes profesionales”, “solicitantes de asilo”, “refugiados”, “turistas” o “empresarios” no han hecho sino reafirmar categorías creadas por el Estado.
Esta mirada Estado-céntrica nos atraviesa. Es inconsciente y hay que hacerla consciente cada vez que se pueda: antes de contactar a alguien, antes de una entrevista, antes de escribir. ¿Desde dónde pregunto lo que estoy preguntando? Ese aprendizaje nunca se termina.
Luego vinieron otras historias y trabajos (algunos pueden verse y leerse en esta web).
La lección más reciente (no la última) llegó con el avance de la política migratoria (ya habrá tiempo para debatir si es una política y si es realmente migratoria) en los Estados Unidos bajo el segundo mandato de Donald Trump. Y la “urgencia” por contarlo. ¿Cómo se hace para denunciar y responder a las barbaridades que dice el presidente de este país sobre las personas migrantes sin convertir eso que está diciendo y la justificación de sus acciones injustificables en un grandísimo elefante rosa? Ofrecer contexto, perspectiva histórica y dimensionar sus alcances lleva tiempo. A veces, mucho tiempo. De nada sirve responder con argumentos lógicos a posturas que de lógica no tienen nada.
Aldea Global no corre detrás de la agenda, aunque no pueda obviarla. Reaccionar rápidamente no solamente es irresponsable. Implica un grado de violencia y de lucha de egos innecesaria: la reflexión viene de la escucha activa, de esa escucha que puede convertirse en una gran fuente de conocimiento. O, mejor todavía, que nos enfrenta a lo que no queremos oír.
De la reflexión y el tiempo deriva asimismo el reconocimiento de las microviolencias diarias: mandar a alguien a leer, posicionarse como una persona moral e intelectualmente superior, aleccionar con ideas rígidas que solo buscan tener razón preparan el terreno para un “ellos” contra un “nosotros” que no necesariamente está vinculado con la migración, pero que es tierra fértil para un mal clima. A largo plazo la naturalización de esos pequeños gestos traza una línea divisoria e imaginaria (como las fronteras), que puede escalar a niveles más peligrosos.
Con el tiempo sigo aprendiendo que escuchar experiencias implica una apertura mental que muchas veces supera a la de leer o escribir. Son los testimonios los que validan lo que los estudiosos y los libros dicen y no al revés. Y esto aplica para todo. No existe herramienta más poderosa que la de contar historias reales para derribar por completo ideas falsas y estereotipos: aquí no se trata de convencer, cosa muy difícil porque son pocos los que leen aquello con lo que no concuerdan. Aquí se trata de narrar historias, porque de eso se trata la migración.
En 2008 –mucho tiempo antes de la fallida publicación de 2015–, la película iraní “Por un instante, la libertad” quedó en rondando en mi cabeza. La proyectaron en un festival internacional de cine y, por más que lo intenté, nunca más la pude conseguir. Sin embargo, podría decir que es una de mis favoritas.
Hasta mucho tiempo después entendí mi admiración por ese film: allí la migración era drama, amor, humor, esperanza y desazón. Al fin y al cabo, de eso se trata la vida.