Por Agustina Bordigoni
Cada año al menos 330 mil niños y niñas en el mundo son privados de su libertad debido a su estatus migratorio (o el de sus padres), informaba el grupo de Tarea de las Naciones Unidas sobre Niños Privados de la Libertad en 2024. L.C.R y su papá, Adrián Alexander Conejo Arias, se sumaron a la lista esta semana. Fueron detenidos por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés). Así lo confirmó el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana de Ecuador, del que son nacionales tanto Adrián como su hijo: ahora, según las autoridades de ese país, ambos se encuentran en el Centro de Procesamiento de Inmigración «South Texas Family Residencial Center».

La foto del niño –de apenas cinco años– se viralizó como símbolo del endurecimiento de la política migratoria bajo el segundo mandato de Donald Trump, cuyos antecedentes en detención de personas migrantes y separación de familias datan de su primera presidencia. Esta vez, con métodos todavía más violentos por parte de un ICE empoderado. O métodos que por lo menos esta vez sí se transmiten por televisión.
En 2024 la ONU informaba también que más de 70 países contaban con leyes que permiten la detención de niños y niñas en función de su situación migratoria, lo que constituye una violación a la Convención de los Derechos del Niño que muchos de estos países ratificaron. Entre otros, contraviene los artículos 3 (en todas las acciones relacionadas con niños, niñas y adolescentes prima su interés superiorl) y 37 (que exige que los niños no sean detenidos a menos que esto sea una medida de último recurso y, de producirse, que sea por el periodo de tiempo más corto posible).
Entre 2017 y 2021, solamente en los Estados Unidos, 650 mil niños y niñas fueron puestos bajo custodia en la frontera, reportó por su parte un informe de la Universidad de Harvard. La detención de estos niños y adolescentes duró incluso años, lo que provocó serias consecuencias en su salud física y mental (además de casos serios de desnutrición). Sea como sea y por el periodo que sea, resaltan, “no existe forma humana de detener a niños y niñas ni ninguna versión de detención familiar que sea aceptable”. Durante ese periodo, citan, la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) registró al menos siete casos de niños y niñas que habían muerto bajo custodia o inmediatamente después de ser liberados.
“Los niños olvidados”
Si bien son los casos más conocidos, los centros de detención para personas migrantes existen en diferentes partes del mundo. En 2023 un incendio en uno de estos lugares, ocurrido en Ciudad Juárez (México), demostró la crudeza de las políticas migratorias: al menos 40 personas murieron quemadas porque no pudieron escapar de las celdas. En esa prisión había, además de adultos, niñas y niños.
La Comisión Australiana de Derechos Humanos había documentado, ya en 2014, la situación de los niños y niñas migrantes retenidos en ese país. Recolectaron, de las entrevistas a más de 1.000 personas (entre niños y familiares detenidos), una serie de dibujos que dicen mucho más que cualquier reporte. La investigación se publicó bajo el nombre “Los niños olvidados”.






Al 31 de enero de ese año había 1.006 niños privados de su libertad en Australia y 132 en Nauru, al que Australia externalizó su política migratoria. “La detención prolongada está teniendo impactos profundamente negativos en la salud mental y emocional y en el desarrollo de los niños”, afirmaban entonces. Entre los incidentes más comunes denunciados por las personas encuestadas estaban las agresiones sexuales y las autolesiones, incluidos los intentos de suicidio.




Del 31 de enero de 2013 a marzo de 2014 reportaron «210 incidentes de hambruna voluntaria (27 de esos casos eran niños), 436 casos de autolesiones, 57 agresiones graves, 233 agresiones que involucraron a personas menores de edad, 33 incidentes de agresión sexual denunciados (la mayoría involucraban a niños, niñas y adolescentes)».
Otro problema documentado es la falta de acceso a la educación: algunos niños y niñas permanecieron en prisión durante 27 meses.
En sus dibujos el contraste entre la vida tras las rejas y la que está afuera se hace muy evidente: escuelas, juguetes, flores e infancias jugando son observadas por otras que están en contextos de encierro.
Sobran las palabras: en todos estos casos el Sol está triste.






FOTO DE PORTADA: Comisión Australiana de Derechos Humanos